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La historia tiene todos los ingredientes de un thriller de espionaje: una bomba colocada en la puerta de un edificio de lujo, la huida por media Europa del principal sospechoso, que resultó ser una mujer cuyo cadáver apareció después enterrado en un bosque de Kiev, y la supuesta implicación de agentes de la inteligencia ucrania en su ejecución.
Mahmoud Khalil es un hombre con una losa. La amenaza de expulsión de Estados Unidos le impide hacer planes. El mes que viene puede estar en su casa en Nueva York, con su mujer y su hijo, o en cualquier otro sitio del mundo. “Tengo sobre mí todo el peso de la Administración de Donald Trump, intentando deportarme como sea”, afirma. Su caso ha trascendido hasta erigirse en un emblema de la lucha no solo por la causa palestina sino por la libertad de expresión en Estados Unidos. “Vinieron a por mí e irán contra cualquiera que disienta”, dice rotundo en una entrevista con EL PAÍS.

Para hablar del nuevo director ejecutivo y presidente de Heineken es interesante fijarse en el espacio negativo, en lo que no es. Rafael Oliveira (Río de Janeiro, Brasil, 51 años) no es neerlandés, no viene del mundo del lúpulo o del alcohol y no ha subido a la planta más alta de la segunda cervecera más grande del mundo por la escalera interior. Rafael Oliveira es un forastero, el primero en dirigirla en sus más de 150 años de historia después de que las plegarias de más de un accionista hayan sido escuchadas.
Auxiliar a los 630 inmigrantes del Aquarius, el barco a la deriva que España iba a recibir, era una cuestión “humanitaria”, solemnizó el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que incluso ofreció su tierra para acoger náufragos. Era junio de 2018. Casi nadie sabía qué es un “mena”. La “prioridad nacional” era una idea marginal. La ultraderecha xenófoba aún no había irrumpido en las instituciones. La inmigración era el duodécimo problema del país, citado entre los tres más graves por un 3,5%.


Los parroquianos del bar La Campana comentaban antes de la partida de dominó que tenía que hacer ya un año de lo que le pasó a Domingo. Domingo Tomás fue protagonista involuntario de unos sucesos por los que su pueblo, Torre Pacheco, abrió telediarios nacionales y portadas de prensa extranjera. La razón es que recibió una paliza por parte de tres hombres de origen magrebí a las afueras del municipio cuando salió el 9 de julio de 2025 a su caminata matutina. Su cara ensangrentada se convirtió en la bandera de la ultraderecha para promover una cacería contra el migrante. Aunque los violentos sucesos desencadenados llegaron a prometer más sangre que la vertida finalmente, sí dejaron heridas que todavía no han cerrado en este municipio de unos 40.000 habitantes del Campo de Cartagena, levantado con la fuerza lumbar y el sudor de miles de magrebíes que vinieron en los 90 a cosechar estas tierras.




España era, hasta finales de la década pasada, una excepción entre muchos de sus vecinos europeos porque, al culminar el proceso de Transición, no quedaba rastro de la extrema derecha en el Parlamento. Pero, desde que Vox irrumpió en la Cámara autonómica de Andalucía en 2018 y luego en el Congreso, la representación institucional de la corriente nacionalpopulista no ha parado de crecer, sincronizada con la derechización más o menos intensa de casi todas las principales democracias del mundo e impulsada por los tecnoligarcas y la segunda presidencia autoritaria de Donald Trump. Y aunque este giro reaccionario no haya llegado aún al centro de mando de muchos gobiernos, lo indiscutible, y preocupante, es que sus marcos conceptuales calan en la cotidianidad por medio de una batalla cultural que coloca a la defensiva a un progresismo que acaba pareciendo entre anticuado y acartonado. No es solo una cuestión de votos, principios o persuasión electoral; es un proceso, ensayado con éxito desde hace décadas en Estados Unidos, que mediante la manipulación del lenguaje delimita el terreno de juego y determina la manera de pensar y ver el mundo. El propósito esencial de la extrema derecha es normalizar el discurso que sostiene que la modernidad ilustrada está en decadencia para imponer, envuelta en una idea tergiversada del sentido común, una agenda de valores y políticas regresivas presentadas a la opinión pública como una forma de transgresión.
Un estado de ánimo ciclotímico envuelve al PP en el final del curso político. Tras la euforia con la que los populares terminaron el periodo de sesiones, sacando adelante una votación no vinculante sobre la dimisión de Pedro Sánchez con los votos de Vox y de Junts, el clima interno ha cambiado completamente después de dos semanas enredados en una sucesión de errores no forzados. La inquietud se ha disparado ahora después de que Alberto Núñez Feijóo acumule varios tropiezos discursivos que, según admiten dirigentes de distintos niveles, han desviado el foco en un momento en el que la estrategia consistía precisamente en no regalar debates al Gobierno de Pedro Sánchez, que sufre debilitado por las investigaciones sobre corrupción. “Deberían parar y revisar ese modo de trabajo, reorganizarse”, aconseja un veterano popular. “Es patente que Feijóo no se adapta bien a un ritmo tan rápido, quizá porque le faltan medios de apoyo, y seguramente también por una cuestión generacional”.
El puesto de mando de Turre, en Almería, donde se coordinan los esfuerzos para acabar con el mortífero incendio de Los Gallardos, seguía siendo este sábado, en su segunda jornada luchando contra el fuego, un ir y venir de bomberos, policías, agentes de la Guardia Civil y de los servicios de emergencias, sanitarios, alcaldes de la zona y otros representantes políticos de todos los niveles. Por estar, estaba hasta el padre Víctor, el párroco de la comarca. El fuego, tras arrasar más de 6.600 hectáreas de la sierra de la Cabrera-Bédar, seguía sin control y las preguntas continuaban siendo las mismas: cómo se originó, cómo se propagó y, sobre todo, cómo, no siendo un incendio de grandes dimensiones, le ha costado la vida a al menos 12 personas, mientras 23 siguen desaparecidas o “ilocalizadas”, como prefieren referirse a ellas los responsables de la coordinación de la emergencia.
Es viernes y en el parque de bomberos de Turre está a punto de caer la noche. Ángel Collado lleva la ropa de quien salió de casa para hacer una cosa y terminó entrando en otra vida. Tiene 56 años, nació en Bédar y es su alcalde desde 2003, ganando elección tras elección por mayoría absoluta. Pero nunca se había enfrentado a una situación así. Su pueblo es el más castigado por el incendio de Los Gallardos. En sus alrededores han aparecido doce cuerpos todavía sin identificar. Collado tiene los ojos vencidos, las manos le tiemblan. Su teléfono vuelve a sonar; no ha dejado de sonar en todo el día. Lo mira. Cuelga. No sabe que acaba de rechazar una llamada del rey de España.