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El mundo adquiere una creciente consciencia de los peligros del desarrollo de la inteligencia artificial (IA), desde el aterrador riesgo de extinción de la humanidad hasta la perspectiva de estragos en los mercados laborales, el impacto cognitivo y de salud mental, las amenazas para las democracias y la privacidad, los problemas de seguridad militar y civil, la inmensa concentración de poder y riqueza en pocas manos, entre muchos otros problemas. Abundan desde hace años las voces que alertan sobre estas amenazas, y en las últimas semanas el coro se ha intensificado sobre la base de nuevas inquietantes evidencias. De la mano de la concienciación, avanza a escala global una multiforme resistencia cívica contra una carrera tecnológica sin garantías.
El jueves 10 de septiembre estaba marcado en rojo festivo en el calendario del Tribunal Supremo. En el acto de apertura del año judicial, la ceremonia presidia por el Rey con la que se inaugura el curso en los tribunales, el Supremo congrega a la cúpula judicial en una procesión de togas con la que exhibe toda su pompa. El Palacio de las Salesas, sede del tribunal, parece haberse detenido en el tiempo. Pero este jueves, cuando jueces, fiscales, autoridades y el resto de invitados cumplían con el último acto de la agenda, el cóctel en el Salón de los Pasos Perdidos, una bomba jurídica devolvió al Tribunal Supremo a 2026. La Sala Tercera (de lo Contencioso-Administrativo) acababa de notificar los autos en los que justifica la suspensión cautelar del derecho al voto de miles de nacionalizados españoles en un “peligro fundado” de pucherazo electoral.
Al principio de la legislatura era solo una opinión de algunos sectores minoritarios del Gobierno. Con algunos movimientos, sobre todo judiciales, algunos ministros empezaban a lanzar en voz baja la idea de que había sectores importantes del llamado “Estado profundo” que estaban actuando contra el Ejecutivo. Poco a poco, después de decisiones judiciales muy polémicas, la idea se fue instalando y ya empezaron a hacerla pública abiertamente ministros como Óscar Puente y Óscar López.
Representar una esfera en un plano es un problema de pura geometría que la humanidad trata de resolver desde hace más de 2.000 años. Un mapa plano puede mostrar una o varias propiedades del territorio fielmente, como la distancia, la forma, o la dirección, pero nunca todas a la vez. Siempre habrá algún tipo de distorsión, y en el caso de la reciente resolución de la ONU, el problema de Mercator –la proyección utilizada en escuelas, libros de texto, organizaciones internacionales, e incluso en nuestro GPS– está en el tamaño de los continentes.

Caminaba por el pasillo de la prisión custodiado por policías y esposado, de las muñecas y los tobillos. Lucía melena rubia hasta los hombros, tez pálida, ojos claros. A ambos lados se veían rostros oscuros, tatuados, medias sonrisas en los gestos, olor a sudor. El que exudaban los presos más peligrosos, que se asomaban a los barrotes de sus celdas para ver al recién ingresado. Una voz entre aquella oscuridad de cuerpos se abrió paso: “Bienvenida, Shakira, aquí te vamos a encontrar novio seguro”. Risas maliciosas del resto de los reclusos. El nuevo convicto no había pasado más miedo en su vida. Debía vivir los próximos cinco años en aquella cárcel.


La cantidad y naturaleza de los avisos que hubo sobre un episodio migratorio sin parangón en España los días 30 y 31 de julio en la frontera de Ceuta han tensado el arranque del curso político. Lejos de ayudar a disipar las críticas a la gestión del Gobierno, la desclasificación de más de una treintena de documentos confidenciales que se manejaron durante esos días ha enredado la versión de lo ocurrido. El choque más visible hasta ahora se había producido entre el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y la ministra de Defensa, Margarita Robles, sobre la actuación del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), de la que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, llegó a decir esta semana que era uno de los puntos a mejorar de esta crisis. Robles ha enterrado el hacha de guerra tras la publicación de los informes por parte del Gobierno el miércoles pasado, si bien en el Centro de Inteligencia hay malestar por un escrito enviado por La Moncloa a medios de comunicación con fuentes del CNI, y con el visto bueno de la ministra, en el que se decía que los servicios secretos no anticiparon “la magnitud y naturaleza de lo que terminó ocurriendo el día 30”.


“Al repasar el camino que hemos recorrido juntos, siento orgullo por los logros alcanzados”, confesaba Mohamed VI en el discurso a la nación que marcaba los 27 años de su llegada al Trono en la noche del 29 de julio. Pocas horas después, decenas de miles de jóvenes desbordaban la frontera de Ceuta en la mayor crisis política y migratoria con España de su reinado en Marruecos. Nada en sus palabras indicaba agravios bilaterales, sino más bien la reivindicación de un estilo templado de gobernanza —de monarca silencioso alejado de la escena pública, a pesar de sus plenos poderes ejecutivos— con el que aseguraba no haber buscado “gloria” ni “liderazgo internacional”.

La lengua de tierra de Ceuta ya no reposa sobre el Mediterráneo, sino sobre un barril de pólvora. Hasta la más sucinta recopilación de sucesos de la última semana lo certifica: incendio en las chabolas de El Tarajal, agresiones a ceutíes por su color de piel, reyertas entre migrantes, vecinos increpando a periodistas o trabajadores humanitarios, manifestaciones pidiendo la “expulsión de los invasores”. La ciudad encara su séptima semana de crisis hundida en un clima de tensión social alarmante, con explosiones de odio cotidianas y un lenguaje bélico en escalada ascendente. Pero la violencia no se reparte por igual en estos 20 kilómetros cuadrados.

Alternativa para Alemania ha ganado las elecciones de Sajonia-Anhalt y Europa entera se rasga las vestiduras. Lo hacemos con cada ascenso de la ultraderecha, pero el debate sobre cómo frenarla lleva años encallado en la liturgia: discutimos si prohibirla, aislarla o darle la mano, como si todo el peligro estuviera en esos partidos. Mientras, dejamos de defender el fondo democrático porque las ideas de la ultraderecha permean ya nuestro sentido común. Ocurre con ese chovinismo del bienestar que pide reservar prestaciones, servicios y ayudas para “los nuestros”, porque el que viene de fuera se aprovecha y vive de lo que otros pagan; con el nacionalismo cívico que empuña la igualdad, la laicidad o la libertad de expresión como criterios de exclusión, presentándose como su defensor frente a quienes juzga incompatibles con esos valores; o con nuestro manejo de la memoria para relativizar el pasado y no responsabilizarnos del presente. Quienes deciden qué o a quién recordamos controlan quién pertenece. Las tres vías nombran una sola operación: decidir quién forma parte de la comunidad política.
Cada vez que algún creador, sea escritor, pintor, cineasta, músico o qué sé yo, declara ante un público, cautivo por la admiración, que los temores que suscita la tecnología de los tecnooligarcas son idénticos a los que provocó en su momento el nacimiento de la imprenta, una estrellita del cielo, ay, pierde su luz. No lo hacen por tranquilizarnos, lo que desean es no ser tildados de vejestorios, y aunque en el fondo de su ser sepan que están diciendo una gran idiotez muy manida, prefieren soltarla a quedar como un hombre o una mujer de otro tiempo. Si se les habla de las pérdidas de trabajos, apelan a la revolución industrial, como si esto no fuera más que otra revolución industrial; si se les enfrenta a la idea de que el hombre podrá ser desterrado de contar historias, actividad esencial que lo distingue, dirán que la IA solo reproducirá las obras imitables por su mediocridad haciendo una criba que solo permitirá crear a los genios. Entiendo que quien defiende esta idea se tiene a sí mismo o a sí misma por uno de esos genios que se salvarán de la hoguera. Si se defiende el pulso del ilustrador o el buen arte del traductor, afirmarán que tanto da si es que el ojo y el oído no reparan en la diferencia. Si se les avisa de que las plataformas ya nos están vendiendo música artificial, responderán con una sonrisa que solo deberemos intranquilizarnos cuando la máquina sepa crear un Bob Dylan. Y a los demás, que les zurzan.