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Septiembre es un mes muy especial en Ibiza. Es cuando ya sabes si el verano ha ido bien y te puedes relajar, y si no te ha ido bien, pues ya poco tienes que hacer. Hay menos turistas, el ambiente que se respira es especial”, afirma Mike McKay (Mánchester, 55 años), padre fundador junto con su pareja, Claire Davies (Mánchester, 51), y su hermano, Andy McKay (Mánchester, 57), de Manumission, la mítica fiesta que revolucionó la noche ibicenca en los años noventa —desapareció en 2008, dejando atrás un millón y medio de clientes felices—, propulsando la era dorada de la cultura de club en la isla con una filosofía en la que se mezclaba lo mejor de la electrónica del momento con el espíritu excéntrico y libre que habían traído los hippies a la isla décadas antes. Todo sazonado con una fuerte dosis de sexo y noches que se convertían en varios días. En 1998, cogieron un burdel de carretera abandonado, lo remodelaron en una semana, pintando todo de rosa, y abrieron The Motel, un hotel sin normas ni teléfonos en el que seguir la fiesta con amigos, DJ y celebridades varias que se convirtió probablemente en el primer hotel del mundo al que nadie iba a dormir. Tras dos veranos cerró. Exhausto.
La ilustradora Raquel Córcoles (Moderna de Pueblo) invitó el pasado mes de junio a la cantante Russian Red (Lourdes Hernández) a su podcast Moderneces para hablar de la crisis de los 40, una edad que la intérprete de Cigarettes alcanzó el año pasado. Durante la conversación, que transita por el tema de la maternidad, los partos y la poca tolerancia de la invitada a la sangre, se cuela de pronto un concepto aún desconocido para muchas personas, a pesar de existir desde hace décadas: “Yo soy menstruadora libre”, revela Hernández, a lo que su interlocutora reacciona con sorpresa: “Pensé que no existía, que serían mujeres que bailan desnudas bajo la luz de la luna”. Ambas se refieren a las personas menstruantes que no bloquean ni recogen el flujo menstrual; es decir, sangran sin usar productos.
No habla español; pero Sabrina González-Pasterski está orgullosa de sus raíces cubanas. “Aunque lo del español es algo que me gustaría cambiar”. Crecer con la experiencia cercana de una familia migrante es solo una de las muchas cosas que ha llevado a esta física estadounidense (Chicago, 33 años) a observar el universo con una mirada diferente. Construyó su propio avión (y aprendió a pilotarlo) con 14 años. “De niña me interesaba la ingeniería, los límites de lo que era posible hacer. Después aprendí a apreciar lo imposible, la complejidad de intentar entender la estructura del universo”, explica.
Los hechos de Ceuta este verano han avivado un vergonzoso nacionalismo colonizador. El debate postcolonial español se centra siempre en América Latina, pero la última penetración de este tipo que llevó a cabo España fue a principios del siglo XX: la del norte de Marruecos, la zona que acabaría convirtiéndose en el Protectorado Español (que nada protegió). Pero no es la entrada masiva a Ceuta lo que ha reavivado una historia olvidada sino la ideología de esa derecha extrema y racista, que necesita un enemigo exterior para aglutinar el malestar colectivo y un sentir patriótico del que se apropian como si solo se pudiera ser español a su manera. Mucho antes de que el Gobierno de Marruecos (que no el pueblo de Marruecos) permitiera la invasión del antiguo presidio español, la fundación Disenso, brazo ideológico de Vox, ya organizaba conferencias para reivindicar el desembarco de Alhucemas. Los de Abascal se quejan de que no hayamos celebrado la efeméride.
Julián y Manuel González, los dos hermanos investigados por el crimen de Francisca Cadenas, que desapareció en 2017 a 50 metros de su casa, llegaron esta semana a Hornachos (Badajoz) para ayudar a las autoridades en la reconstrucción de los hechos. Los reporteros a pie de calle cuentan la noticia, destacan la rabia que destilan los vecinos del pueblo e insisten en algo sabido, lo buena persona que era la víctima, amable y querida por todos. Un detalle que explica quizá lo que sucede cuando Julián y Manuel enfilan por la calle Nueva dentro del furgón policial que los trae de la cárcel de Morón de la Frontera. Se escuchan gritos e insultos. “Asesinos”, los llaman, también “guarros”. “No han podido contenerse y han aporreado el vehículo”, narran las crónicas.

La ausencia de una regulación de los lobbies es una anomalía española entre las democracias avanzadas con las que se compara. La influencia de los grupos de interés sobre el proceso legislativo y sobre las administraciones se mantiene en la opacidad, a pesar de décadas de evidencia de que cerrar ese agujero negro contribuiría de manera sustancial a prevenir la corrupción. Este miércoles, el Congreso tenía la oportunidad de aprobar por fin la primera regulación de los lobbies en España con la votación de un real decreto ley que recogía medidas obligadas por la Unión Europea. Fue rechazado por la mayoría de derechas formada por PP, Vox, Junts y UPN.
La Unión Europea se está convirtiendo en un artefacto blandengue, como si careciera de columna vertebral, se fuera reblandeciendo por los bordes y empezara, de ese modo, a perder sus formas. No sabe lo que quiere y no consigue inventarse su futuro en ese nuevo marco que impulsa Donald Trump. Europa sigue siendo el destino turístico que el resto del mundo se vuelve loco por visitar, un fantástico museo lleno de historias y de chismes, pero envejece a marchas forzadas y está perdiendo el presente. Ha quedado fuera de la carrera tecnológica: no pisa con fuerza en cuestiones tan decisivas como la inteligencia artificial. La protección militar que le ofrecía Estados Unidos se ha quedado en “veremos”, y ya ha sabido en Ucrania de los colmillos de Rusia. China le está robando sus mercados —ahí está la crisis del sector del automóvil en Alemania— y por todas partes se cierran fábricas. Malos tiempos. El Estado de bienestar, su gran logro, se descompone de manera alarmante. Hay quienes no consiguen ni siquiera un lugar donde vivir; la sanidad no está la altura, tampoco la educación. En su discurso del miércoles en Estrasburgo, Ursula von der Leyen propuso activar un mecanismo de seguridad sin Washington y le hizo un guiño a Canadá para convertirlo en miembro asociado del club. Quizá no sea gran cosa; Europa sigue desdibujada y perdida.
De los tiempos de la reunificación alemana suele atribuirse a Margaret Thatcher aquella frase según la cual le gustaba tanto Alemania que prefería que hubiese dos. En realidad, fue Giulio Andreotti quien la dijo: bueno era él para dejar pasar un bon mot. Lo más interesante, sin embargo, es a quién se la robó Andreotti: a un François Mauriac que, testigo en la Primera Guerra Mundial y resistente en la Segunda, podía dar razón moral del “cuento de terror, guerra y dictadura” que, en buena parte, fue la historia alemana desde Sedán hasta la toma de Berlín. Curiosamente, la frase que sí utilizó la Thatcher en 1989 era mucho más terrible, y nos mete de lleno en los escalofríos de nuestra Historia de europeos: “Hemos ganado a los alemanes dos veces y ahora están de vuelta”.

El 18 de septiembre se cumplen 90 años de la creación de las Brigadas Internacionales, probablemente el ejército de voluntarios más famoso de la historia. A los brigadistas se les ha llamado muchas cosas, desde, de forma peyorativa por el franquismo, escoria del bolchevismo internacional, a, con admiración, héroes y antifascistas prematuros que se adelantaron a la Segunda Guerra Mundial. Tanto su fama como las opiniones muy variadas sobre ellos no son excepcionales, pues se corresponden bastante bien con las emociones y los debates que ha venido generando la Guerra Civil española desde su estallido. Este artículo ignora los insultos a las Brigadas y sus miembros, para ponderar su significado como símbolo —y también mito— de un pasado tan violento como a veces confuso.