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“Los primeros peldaños son siempre los más difíciles”. El arquitecto Gonzalo Pardo cita las Instrucciones para subir una escalera, de Julio Cortázar, para explicar su intervención en esta vivienda madrileña. Tiene dos razones. La escalera era lo más molesto del piso oscuro que se encontró. Hoy es la protagonista de su reforma: la que amplía visualmente la planta baja del dúplex, al no estar cerrada, la que actúa como pozo de luz —al tener doble altura—, la que convierte en almacén y banco su base y la que sirve para acceder a la estantería que recorre la pared.
Los rascacielos son la erección del poder económico. En Manhattan hay muchos, pero a pie de calle se pasea la más absoluta pobreza, tanta y tan frecuente que ya forma parte del paisaje, como las montañas de basura, las columnas de humo que salen del asfalto o los spaghetti meatballs en esos diners en peligro de extinción. Si uno va a Nueva York y no se ha topado con la mirada enloquecida de un homeless que predica el apocalipsis, si no se ha cruzado con los pasos silenciosos de una bag lady que empuja un carrito con todas sus pertenencias, es como si no hubiera estado en Nueva York.
Mira la cremallera de tu chaqueta. Es muy posible que lleve tres letras: YKK. Mira la de tus pantalones. Y la de la mochila. No es casualidad: detrás de un detalle tan pequeño en un objeto tan aparentemente insignificante está uno de los gigantes industriales más curiosos del mundo. Según The Wall Street Journal, la marca japonesa vendió más de 10.000 millones de cremalleras en un solo año (son los últimos datos publicados, correspondientes a 2024). Son tantas que, colocadas en fila, superarían los tres millones de kilómetros: unas 80 vueltas a la Tierra. Y lo más llamativo es que no se trata de un récord aislado: YKK ya había superado los 10.000 millones en 2018 y 2021. Ante el otoño en el que los jerséis half-zip (con cremallera hasta el pecho) serán la tendencia de moda incontestable, ponemos el foco en esta empresa que lleva casi un siglo perfeccionando el mismo objeto.
Las dimensiones de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, un estado federado de 1,5 millones de habitantes en el este de Alemania, podrían invitar a relativizar los resultados en las elecciones de 20 de septiembre. Sería un error. Por primera vez desde 1945, la Unión Democristiana (CDU) se ha quedado fuera de un parlamento regional alemán, al no alcanzar el umbral del 5% necesario para obtener diputados. El “desastre”, como lo calificó el canciller Friedrich Merz, refleja el desplome de este partido en los territorios de la extinta República Democrática Alemana y, a la vez, la erosión acelerada, en todo el país, del centro político, que durante décadas ha tenido en la CDU y el Partido Socialdemócrata (SPD) a sus principales pilares de estabilidad. Ambas formaciones, aliadas en la coalición que encabeza Merz, se ven desbordadas no solo por la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) sino también por la izquierda poscomunista de Die Linke, vencedora en las elecciones de la ciudad de Berlín. Pero son los democristianos y el propio Merz en quienes recae la responsabilidad principal de parar la sangría de votos hacia AfD, triunfante en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y, dos semanas antes, en Sajonia-Anhalt.

La profundidad de la grieta que divide a las sociedades actuales es motivo de preocupación en todas partes. La gente se agrupa por bloques ideológicos. La pertenencia a uno de estos bloques moldea valores, estilos de vida y visiones del mundo. En el enfrentamiento entre bloques, se exageran tanto las diferencias que parece desvanecerse cualquier posibilidad de entendimiento mutuo. Donde antes había un terreno común, ahora se abre una brecha infranqueable. Quienes pertenecen a un bloque no pueden entender que haya gente que pertenezca al contrario. A quien milita en el bloque opuesto se le da por perdido, se le ve como alguien irrecuperable, presa de una ceguera ideológica que le impide reconocer la realidad. Woody Allen, que siempre ha tenido mucho ojo sociológico, lo reflejó de forma muy divertida en Todos dicen I Love You (1996): a unos padres adinerados que vivían en una casa maravillosa en Nueva York, ambos demócratas puros, uno de los hijos les salía republicano convencido y lo llevaban al neurólogo para averiguar qué andaba mal en su cerebro.
Vivimos en una era de ruido y apocalipsis. Nos lo cuentan a diario los programas de la tele, las publicaciones de Facebook, los vídeos que nos llegan a algún chat familiar. Nos hemos acostumbrado a que el principal partido de la oposición nos dibuje un país que vive en el colapso institucional. O a que los del partido que aspira a comerse al principal partido de la oposición llamen dictadura a la democracia, mientras alaban sin rubor al franquismo. Tenemos policías indignados que dejan su voz a sindicatos politizados con planteamientos esencialistas y jueces que piden que la política saque sus manos de la justicia, al tiempo que les parece muy natural que la justicia se inmiscuya en la política. Añádale a esto lo que ha subido la cesta de la compra, que la vivienda va camino de ser un bien de lujo y que una nueva guerra innecesaria nos dispara, otra vez, el precio del combustible. De fondo, las imágenes de la crisis de Ceuta, una crisis humanitaria y migratoria que pone en jaque a un territorio especialmente tensionado. Riéguelo todo con muchas palabras de odio y pocas soluciones. Sólo nos queda sucumbir al odio o a la desesperanza. Subir el tono o callar.
Recuerdo perfectamente la imagen de Abascal dando un abrazo a Netanyahu en el momento mas álgido de la invasión de Gaza, cuando tras masivos bombardeos el ejército israelí ocupaba la Franja con sus carros de combate, y los soldados disparaban contra una población indefensa y hambrienta en las colas de reparto de comida. Aquello no era una invasión, sino el ejercicio legítimo del derecho a la defensa de un país civilizado y demócrata frente a los terroristas. Hoy, el señor Abascal tilda persistentemente de invasores a quienes deambulan por Ceuta, desesperados y hambrientos, suplicando únicamente permiso para quedarse a trabajar dignamente en un país civilizado, ¿civilizado? ¿invasores?

En el rostro de Francesca Thyssen-Bornemisza (Lausana, 68 años) se percibe satisfacción y cierto alivio. Han pasado dos días desde que el Museo Thyssen de Madrid anunciara que tendrá una segunda sede en el Palacio de Hielo, en 2032, a pocas calles de donde se encuentra el museo en el centro de Madrid, y donde se albergarán las 365 obras que la coleccionista ha donado y prestado a la institución. “Una para cada día del año”, dice, con una sonrisa, la fundadora de la colección TBA21 (sustentada en arte del siglo XXI) e hija del barón. Hace más de cuatro años que había anunciado su intención de que su legado acabara en el museo madrileño donde se reúne el de su padre y el de Carmen Cervera. Objetivo cumplido: más de 8.000 metros cuadrados para exponer sus obras y organizar otro tipo de actividades, todo financiado por el Estado.