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Aún son los representantes del otro Dios en la tierra. Hace exactamente medio siglo sus Satánicas Majestades visitaron España por vez primera. Una década después de los conciertos de los Beatles en pleno desarrollismo franquista, The Rolling Stones actuaron en la plaza de toros Monumental de Barcelona. Son mundos distintos. Del elegante público yeyé que había enseñado el NO-DO en blanco y negro cuando cantaron trajeados los cuatro de Liverpool se había pasado a una juventud más pasota y fumeta, como muestra una grabación amateur. El 11 de junio de 1976, la Transición atravesaba un momento crítico: el rey Juan Carlos I había regresado de un viaje trascendental a Estados Unidos y Carlos Arias Navarro agonizaba en la presidencia. El show tuvo algo del espíritu lampedusiano del momento. Glamur decadentista en un país que hasta ese momento había quedado fuera del circuito de las grandes giras.
El protagonista de The Boroughs (Netflix), curiosísima pirueta narrativa que recupera el universo cerrado para el género que reinó en los ochenta —el terror soft de aventuras—, es un hombre de edad avanzada, Sam Cooper (un insustituible Alfred Molina), que acaba de mudarse a un utópico complejo para jubilados. Lilly (Jane Kaczmarek), su mujer, ha muerto de repente. Se desplomó una noche mientras canturreaban abrazados Thunder Road de Bruce Springsteen. El puzzle que había estado haciendo saltó por los aires y de repente hubo piezas por todas partes. Piezas que no casualmente reaparecen en ese otro universo en el que Cooper se resiste a encajar al principio —el propio The Boroughs— pero del que no tarda en convertirse en pieza fundamental. ¿Le estaba el complejo esperando para atacar? Un momento, ¿ese sitio ataca?


El 10 de diciembre de 2024, una mujer llegó a un centro de salud de Pariak, una localidad del Estado de Jonglei, en Sudán del Sur, con diarrea, vómitos y síntomas de deshidratación. Había regresado recientemente de una zona afectada por el cólera. En uno de los países más vulnerables del mundo, donde millones de personas carecen de acceso regular a agua potable y servicios sanitarios, aquello podía haber sido el comienzo de una nueva emergencia.
Hay una frase de Joan-Carles Mèlich, incluida en el prólogo de esta edición de Ética de la compasión, que podría resumir buena parte de su trayectoria filosófica: “Para un ser finito no hay posibilidad de existir en una calma total sin desprenderse de un pasado que nunca está definitivamente cancelado, de un presente que no se reduce a la actualidad ni de un futuro que se vislumbra borroso en el horizonte. Ninguna existencia puede evitar la extraña sensación de la disonancia”. Este ensayo, publicado originalmente hace más de una década en la editorial Herder, regresa hoy en una edición revisada para afirmarse como una de las obras filosóficas más singulares del pensamiento español contemporáneo. Desde La lección de Auschwitz, donde la barbarie del siglo XX se convertía en punto de partida para pensar los límites de toda pedagogía moral, pasando por Filosofía de la finitud, La sabiduría de lo incierto, Lógica de la crueldad o La fragilidad del mundo (premio nacional de ensayo 2022), Mèlich lleva décadas construyendo una filosofía de la vulnerabilidad, de la contingencia y de la sospecha frente a cualquier sistema moral demasiado seguro de sí mismo. Lo humano no comienza en la autonomía, sino en la dependencia, y Ética de la compasión condensa esa intuición. Ya en el prólogo, Mèlich afirma que toda ética que sitúe la finitud en su centro requiere necesariamente de compasión. “Una ética de la compasión se toma en serio el drama de la existencia: el espacio, el tiempo, las historias, las situaciones y las relaciones”.

Dice una célebre canción que cuando llega el calor, los chicos se enamoran. No hay datos que lo ratifiquen, pero lo que es seguro es que se quitan la camiseta. Y no solo en los paseos marítimos, sino en discotecas, gimnasios y festivales estivales. Barcelona ha aprobado la nueva Ordenanza de Convivencia, que es la norma del Ayuntamiento que establece qué acciones no se pueden realizar en la calle. El artículo 56.3 explica que queda totalmente “prohibido transitar o permanecer en los espacios públicos sin camiseta, camisa u otra prenda que cubra el torso, salvo que se esté practicando alguna actividad física o deportiva”.
Quieres comer legumbres, pero a) te has olvidado de ponerlas a remojo la noche anterior, b) no tienes tiempo para cocerlas c) no tienes ganas de hacerlo. Si alguna o todas estas respuestas son correctas en tu caso, este artículo te interesa. A quienes lleven ya un tiempo visitando esta sección, no les resultará nuevo leernos recomendando el consumo de legumbres. No solo porque son buenas para nuestra salud, para el bolsillo o para el planeta, sino porque con ellas se pueden preparar muchísimos platos, desde los más clásicos de cuchara hasta las ensaladas más ligeras.












Hace ya unos años que se puso muy de moda en redes una crema de tomates asados con queso. Ésta se servía junto a un sándwich de (más) queso fundido que se untaba en la misma crema, dando como resultado una combinación más que exitosa. Viralidades aparte, la idea de la crema fría de hoy parte de esta receta. Es igual de veraniega, tan fácil de hacer como asar pimientos en el horno o la freidora de aire –como te contamos aquí– y también está muy rica con un sándwich de queso fundido.

Dentro de una dieta balanceada hay dos grupos de alimentos que no pueden faltar: las frutas y las verduras. Las primeras se suelen comer directamente o usar como postre y las segundas como guarnición, para sopas o ensaladas. Aunque en el mundo de la cocina, la clave está en no ponerse límites y experimentar en cada receta.



Tiene 110 metros de largo. Se eleva hasta 50 metros de altura. Y su estructura completa pesa 38 toneladas. Ha sido un reto para la ingeniería, pero el que se ha convertido en el puente colgante más largo de España abre al público este miércoles 10 de junio. Lo hace en Málaga, para completar el espectacular recorrido de más de tres kilómetros por las gargantas del río Guadalhorce, conocido como Caminito del Rey. Es un nuevo atractivo de vértigo para uno de los espacios naturales donde el turismo ha registrado mayor crecimiento en la última década: inaugurado en 2015, más de 330.000 personas han realizado cada año la ruta que ahora suma un aliciente más.
El éxito del Caminito del Rey sirvió de ejemplo para que otro municipio malagueño, Canillas de Aceituno (1.801 habitantes) se decidiera a impulsar un puente colgante. Conocido como El Saltillo, su apertura se produjo en otoño de 2020. Con 50 metros de longitud y de altura sobre el río Almanchares, supuso un cambio drástico para este pequeño municipio, que desde entonces ha ganado 300 vecinos, además de nuevos hoteles y restaurantes.
El próximo caso será el de Ronda, donde las Administraciones ya están ultimando la apertura de las pasarelas que permiten atravesar el desfiladero del Tajo, a orillas del río Guadalevín. Desde 2024, cuando se inauguró, solo se puede recorrer una parte del trayecto de unos 200 metros que llega hasta este espectacular puente que une las ciudades vieja y nueva, pero se espera que el trayecto, con otros 500 metros más, se pueda completar alrededor del mes de julio. Hasta ahora ha recibido más de 300.000 visitas.
“Anestesia genital, ausencia total de deseo, libido aniquilada, anorgasmia, en lo físico, y en el plano emocional-social, la erradicación de cualquier atisbo de atracción, fantasía erótica o romanticismo”. Así describe Carmen Hernández, de 45 años, los síntomas que padece desde que dejó de tomar antidepresivos hace ahora 11 años. Y lo define como una “condena neurológica permanente”: “Nos recetaron la medicación porque buscábamos alivio y nos dejaron incapaces de sentir, de amar, de disfrutar, de desear”. Hernández es una afectada de PSSD, siglas en inglés de síndrome de disfunción sexual persistente postinhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina.