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La crisis que comenzó con la salida de Macklemore (Seattle, 43 años) de la gira norteamericana de Ed Sheeran (Halifax, 35 años) por su abierto apoyo a Palestina ha desembocado en una carrera de donaciones para ayuda humanitaria en la franja de Gaza. El rapero ha anunciado en redes sociales que destinará el millón de dólares (871.330 euros) a seis organizaciones de apoyo a los palestinos, el dinero que obtuvo como ganancias netas por sus actuaciones en el Loop Tour. En ese mismo mensaje, ha retado al empresario Robert Kraft (Brookline, Massachusetts, 85 años), propietario del Estadio Gillette, y responsable del veto del artista, a hacer lo mismo. “Te invito a igualar mi donación”, le dice el artista al empresario en su comunicado en Instagram.

Resulta sencillo imaginar esta situación: dos jóvenes llegan a su primer trabajo; los dos saben utilizar la inteligencia artificial y los dos pueden pedirle que redacte un informe, resumir en segundos un documento o encontrar una respuesta a una pregunta que no saben resolver. Pero hay una diferencia entre ellos: uno sabe detectar cuándo la máquina se equivoca. El otro, no.
En algún momento de 1973 unos guardias civiles entregaron a mi tío abuelo Martín Fusté un reloj de oro en cuya tapa está grabada la firma de Francisco Franco. Fue un regalo del dictador. Martín era abogado y se había encargado de los trámites para que un Franco macabro y tembloroso recibiese una herencia legada por un librero de viejo de Barcelona. El episodio lo contó su hijo a un periodista de La Vanguardia y su relato sobre aquel reloj puso en movimiento las agujas de la memoria de mi madre. Esta es otra historia sobre la guerra, la transmisión familiar de su recuerdo, la gris e indescifrable condición humana. El protagonista de esa historia se llama Olegario. Mi abuelo.

Enero de 2006. El Nobel de Literatura José Saramago y el teólogo Juan José Tamayo salen juntos del Hotel Los Seises de Sevilla. A las nueve en punto pasan delante de la Giralda y empiezan a repicar las campanas.

Sandra Martinez Roe, una madre de Los Ángeles, espera que su hijo nunca utilice la inteligencia artificial en el colegio. “No voy a permitir que mis niños sean unos conejillos de Indias”, afirma por teléfono. La junta escolar de la ciudad le concedió su deseo, al menos temporalmente, hace dos semanas. El Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles (LAUSD, por sus siglas en inglés) ha expulsado a la IA de las aulas públicas este curso.

Estos días miles de jóvenes empiezan una carrera y en muchas casas se preguntan si ese título servirá para encontrar un trabajo a la altura de lo estudiado. Más de la mitad de los jóvenes tiene estudios superiores, pero tres de cada cuatro empresas tienen dificultades para cubrir sus vacantes. Uno de cada tres titulados jóvenes trabaja por debajo de su nivel, la tasa más alta de la Unión Europea. El problema no está en el número de titulados, sino en el encaje entre lo que aprenden y lo que las empresas piden.
En estos días de debate sobre la capacidad de destrucción de la inteligencia artificial (IA), falta siempre desarrollar un detalle: ¿cómo lo haría exactamente? ¿Qué podría pasar en concreto? No hay tantas respuestas específicas. Pero el propio Dario Amodei, presidente ejecutivo de Anthropic, mencionó una opción en su controvertida propuesta para ralentizar el desarrollo de la IA. Amodei se planteaba algo que, según sus palabras, puede pasar dentro de seis o doce meses: ¿qué pasaría si un enjambre de IA es capaz de “tomar el control de todo internet”?
Nunca una película española ha encarado la temporada de premios cinematográficos internacionales desde una posición tan privilegiada como La bola negra, que la Academia de Cine anunció ayer, miércoles, que representará a España en los Oscar en la categoría de mejor película internacional. Solo La sociedad de la nieve, de Juan Antonio Bayona, y Sirât, de Oliver Laxe, que en la pasada edición de los galardones de Hollywood logró dos nominaciones, se acercaron a este fenómeno. El público que la ha visto en festivales la idolatra; casi toda la crítica la ama. Y en Norteamérica va a contar con el respaldo económico en su lanzamiento de la todopoderosa plataforma Netflix. Si Laxe pasó semanas en Estados Unidos apoyando su filme, Javier Calvo y Javier Ambrossi, los Javis, los directores de La bola negra, no se van a quedar atrás. “Por nosotros que no quede”, confesaron ayer a la prensa española.
Para muchos, Guy Ritchie nunca dejará de ser el exmarido de Madonna. Pero este director británico de pura cepa es mucho más que aquella relación tan publicitada que terminó en 2008 con una batalla por la custodia de sus hijos y un divorcio millonario. Ritchie es, de hecho, a sus 57 años, uno de los niños bonitos de la industria del streaming. Este mismo septiembre, y pese a que la taquilla de cine se resista hoy a su inconfundible estilo, lanza dos series muy populares en plataformas, además de su película anual en salas.
Recuerdo, por traumático, el día que una amiga reconoció no estar al tanto de un suceso de actualidad porque en su casa “solo veían Clan”. Solía ser una persona informada, pero desde que había nacido su hijo, él elegía los contenidos audiovisuales. Nadie se escandalizó; todos en la mesa habían pasado por ello. Dudé de que aquello pudiese ser beneficioso para ninguno de los dos. Comer frente al Telediario era un ritual ineludible en mi familia, y a mí me mostraba un mundo que, aunque no entendía, calaba. Aprendía por ósmosis y no sería quien soy sin aquella media hora diaria. Hoy alguien puede llegar a la adultez sin conocer ni que le importe el mundo en el que vive, y les sucede igual a los adultos que han rendido su atención a las plataformas y limitan su acceso a la información a titulares y TikTok.