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Decenas de supermercados de al menos siete países europeos amanecieron este lunes con parte de su género estropeado. Un ciberataque subió la temperatura de las cámaras frigoríficas de varios establecimientos, en algunos casos hasta 50 grados, echando a perder productos frescos y congelados. Los países más afectados fueron Bélgica y Suecia, pero también se registraron problemas en Luxemburgo, Países Bajos, Irlanda, Estonia y Finlandia.
Viajera por tradición familiar, Natalia Lartitegui (Bilbao, 26 años) lleva un año pedaleando por el continente africano en solitario, como documenta en su canal de YouTube, con más de 29.000 suscriptores, y en su perfil de Instagram, con 181.000 seguidores. En ellos sube sus vídeos por los 13 países de África que ha recorrido hasta esta entrevista, desde que salió de un hostal en Tarifa el 26 de octubre de 2025, dirección a Marruecos y luego siempre hacia el sur (a excepción de un parón de unas semanas este mes de octubre, cuando volvió a casa por cuestiones administrativas). “Mis padres siempre apostaron por que yo viera más mundo”, cuenta por teléfono desde Benin City, en Nigeria, donde se encontraba a finales de agosto. Menciona en concreto a su padre, que con la edad que ella tiene ya viajaba, aunque con las particularidades de hace 30 años, cuando “no era tan accesible como ahora, que con internet es más fácil y los precios son más asequibles”. A los 13 empezó a viajar con ellos por el sur de África, China, la India... Para entonces, el virus del viajero ya estaba más que inoculado.
“Escribir es desovillar los hilos del tiempo, deshacer como Penélope el tejido de la historia”, dice Claudio Magris en Microcosmos. No otra cosa lleva a cabo Daša Drndić en su poderosa narrativa híbrida e inapelable, obstinada en denunciar con memoria escrupulosa las atrocidades cometidas durante ese protervo siglo XX que parece querer perpetuarse en el nuestro.

Hay una idea en el budismo mahāyāna que dice que todo el universo puede encapsularse en el objeto más insignificante. Una de sus formulaciones es la red de Indra: el universo es una red de joyas, cada una de las cuales refleja a todas las demás. Dado que el artista Jeff Koons (York, Pensilvania, 71 años) afirma estar muy interesado por la filosofía oriental y que, además, sus objetos más conocidos son tan relucientes y llamativos como un rubí, no parece descabellado intentar explicar todo su mundo a través de una figura. De un perrito, concretamente.
En plena era del tan cacareado lujo silencioso, hay un nuevo símbolo de estatus que no emite destellos, no vibra con las notificaciones de Slack a horas intempestivas de la noche ni exige una pantalla. Se lleva de forma discreta en el dedo anular o en el índice y está forjado en titanio biocompatible. Olvídense del oro o el platino. El Oura Ring –junto con sus competidores de muñeca como Whoop, sí, la pulsera que a Alcaraz le prohibieron usar en el Open de Australia el pasado enero, o alternativas en formato anillo como Ultrahuman– ha logrado una gesta impensable en la era de la sobreestimulación digital: convencer al consumidor de que la mayor ostentación tecnológica del siglo XXI es, precisamente, la invisibilidad.
Siempre me ensenaron que el mar Egeo llevaba el nombre de un hombre blanco. “El Egeo”, esa palabra comodín para referirse a Grecia y a las islas esparcidas entre ella y la costa occidental de Turquía, unidas por la extensión azul que reluce entre ambas. Egeo, según me contaron, se precipitó a la muerte desde los acantilados atenienses cuando creyó que el Minotauro había matado a su hijo Teseo, y así dio nombre al mar en que se ahogó.