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Un grupo de chavales espera con sus padres a la puerta del colegio público de Alcántara, en Cáceres, a 10 kilómetros de la frontera con Portugal. Quedan cuatro días para que termine el curso, son casi las nueve de la mañana y el aire es fresco, aunque para mediodía se anuncian 34 grados. De la fachada del centro educativo cuelgan las banderas de Extremadura, de España y de la Unión Europea. Al lado, grabado en letras azul oscuro, sobre azulejos blancos decorados con motivos florales, se lee: Colegio Público Miguel Primo de Rivera.

Como ya nadie duda de que la IA ha venido para quedarse, son muchas las preguntas que nos hacemos sobre las consecuencias de su implantación a corto, medio y largo plazo. ¿Cambia la IA el funcionamiento básico del cerebro? ¿Usando la IA, aprendemos y mejoramos nuestro sistema cognitivo natural o simplemente nos apoyamos en ella para ejecutar propósitos? ¿Qué nos puede pasar si, tras usarla repetidamente, dejamos de hacerlo? ¿Recuperamos nuestras previas capacidades ejecutivas y podremos prescindir de la IA, o caeremos en algún estado de dependencia mental, de “mono” tecnológico? En definitiva, ¿vamos a perder capacidades mentales y de adaptación a nuestro entorno por un repetido uso de la IA?
Mi nombre es Destiny y soy de Nigeria. Me fui de mi país hace siete años en busca de una vida mejor y más segura. El viaje no fue fácil debido a las numerosas dificultades e imprevistos que me encontré y al tipo de personas con las que me crucé por el camino. Sin embargo, aprendí mucho en esos meses y puedo decir que ha sido una lección de vida. Si consigo acceder a una residencia a través del proceso de regularización extraordinaria España, mi vida cambiará por completo. Podría trabajar, ser independiente y construirme un futuro estable.
“¿Hay alguien que sufra de vértigo?”, pregunta con semblante serio la guía antes de iniciar el ascenso por las entrañas del Burgtheater de Viena, el Teatro Nacional de Austria, uno de los más importantes del mundo.
Entrevistado por David Letterman, el director de cine John Waters declaró que su “mala película favorita” era Summer Lovers: “Un film sobre ser joven, rico y estúpido, y estar desnudo”. En esta cinta de 1982, Daryl Hannah (en su papel más acuático antes de Splash) es una turista americana en Santorini que termina compartiendo a su novio con una arqueóloga francesa. Aunque los protagonistas a veces se muestran meditabundos bajo el sol de Grecia, en cuanto se ponen el bañador, todos sus problemas —en este caso, los derivados de su triángulo amoroso— se diluyen y, ya en el agua, chapoteando día y noche entre las Cícladas, pueden entregarse a las pasiones que en tierra les parecían difíciles de manejar. Summer Lovers es solo una película hortera, pero reproduce un mito con miles de años de antigüedad: si quieres que tus preocupaciones desaparezcan, lánzate al mar. Nunca serás tan feliz como en el agua.
Era una mañana de otoño en Budapest. Las hojas cambiaban de color y la bruma se posaba sobre las aguas del Danubio como un suave manto que se evaporaría durante el transcurso del día. Sissi, que en la película homónima dirigida por Ernst Marischka es interpretada por Romy Schneider, cruzaba de Pest a Buda por el puente de las Cadenas, acompañada por su dama de compañía húngara, Ida Ferenczy. Iban camino de la iglesia de San Matías, donde solía recogerse antes de comenzar la jornada, en la capilla del Loreto que hoy guarda una estatua en su memoria. San Matías fue también receptáculo de la coronación de Francisco José e Isabel de Baviera como reyes de Hungría, el 8 de junio de 1867. Un lugar emblemático para la reina, quien donó su corona nupcial a la iglesia.
Durante el reinado de Amadeo I (1871-1873) se llevó a cabo una de las expediciones arqueológicas más disparatadas de la historia: el envío de la fragata Arapiles a comprar antigüedades por el Mediterráneo oriental para rellenar los anaqueles del recién inaugurado Museo Arqueológico Nacional (MAN). Pero pronto surgió un problema: el barco de guerra no llevaba fondos suficientes ni para adquirir el carbón con el que navegar. “Fondos cero, ayúdenos ministro con su legítima influencia”, telegrafió desde Constantinopla el director de la comisión científica, Juan de Dios de la Rada. No obtuvo respuesta. Sorprendentemente, la misión acabó con cierto éxito, y la fragata regresó a España con 319 objetos arqueológicos, transportados en 22 cajas, además de 250 fotografías y dibujos. Ahora bien, ¿qué habían comprado o aceptado como regalo? Nada estaba claro.


No es la primera ni la segunda vez que en el Comidista hacemos apología de los clásicos de la mesa viejuna. De hecho, ya rescatamos hace unos años el pastel frío de atún y mayonesa, una fantasía por capas que sabe a verano y arena en la goma del bañador. Hoy versionamos este pastel frío aprovechando que empieza la temporada de tomates.