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El sueño y su arquitectura se van modificando con la edad. Mucha gente, conforme cumple años, manifiesta tener la sensación de que duerme menos. No es una sensación, es la realidad. Un reconocido metaanálisis publicado en 2004 en la revista Sleep concluyó que el tiempo total de sueño va disminuyendo de forma lineal, a un ritmo de entre 10 y 12 minutos por cada década que envejecemos durante la adultez hasta llegar a los 60 años, donde ese tiempo se estabiliza. Ese mismo estudio encontró que la proporción de tiempo que estamos en la cama realmente dormidos es de apenas el 80% en las personas de 70 años, mientras que en la adolescencia esa proporción alcanza el 95%.
Nacido en Barcelona en 1983, de bien pequeño Iván Bravo se puso a leer y a dibujar cómics. Al estudiar Diseño Gráfico se encontró con la ilustración, donde ve que puede combinar lo conceptual y lo expresivo. El humor y las ganas de jugar le acompañan en sus aventuras, en cualquier soporte en el que las cuente: ilustraciones, animaciones, murales, exposiciones... Publica más o menos regularmente en The New Yorker y en El Estafador, y en su último cómic para El Viajero recuerda en nueve viñetas un viaje de su niñez a Andorra, cuando llegar en coche desde Barcelona no era tan fácil y cómodo como lo es ahora.

Por motivos nutricionales, los perritos calientes no son la comida más recomendable para nuestro día a día, pero ¿quién no se ha comido un frankfurt con mucho gusto alguna vez? Puede ser tan simple como un pan de viena con una salchicha y las salsas a preferencia de cada quien. Pero, si abrimos un poco nuestra mirada, podemos ver que es una excusa perfecta para jugar con distintos ingredientes o aprovechar lo que tengamos en la nevera. Aquí van cinco ideas para tunear un perrito caliente sin perder el eje central: pan, salchicha y la comodidad de poder comerlo con las manos.



Pedro Pacheco fue alcalde de Jerez de la Frontera (Cádiz) durante 24 años –desde 1979 a 2003–, parlamentario andaluz y también europeo por el ya desaparecido Partido Andalucista, y se hizo famoso por acuñar una frase que tal vez determinó su futuro: “La justicia es un cachondeo”. Fue su reacción, en 1985, a la anulación, por parte de la Audiencia Territorial de Sevilla, de la orden de derribo del chalet que el cantante Bertín Osborne se había construido sin los preceptivos permisos urbanísticos.


Esta casa podría estar en el sur de Francia. Por sus elementos arquitectónicos en color caldero, en el País Vasco francés, por ejemplo. Por sus interiores cálidos, repletos de piezas con historia, podría ser, asimismo, una casa de campo francesa. Sin embargo, se encuentra en plena sierra de Madrid, en una edificación de 1940 con la fachada protegida, así que su arquitectura ha sido siempre así. Aunque, efectivamente, el diseño de sus interiores evidencia que aquí vive una familia francesa. De hecho, muchos de sus muebles tienen este origen y son heredados.
En sus primeras páginas, Atomizado Berlín se presenta como el relato de una familia judía y pija (“cheta”, si hay que decirlo con propiedad) de Buenos Aires que, tras la crisis social y financiera de 2001, se muda al conglomerado urbano de Nordelta, una suerte de pequeña ciudad a medida de sus habitantes ricos, separado del exterior por fuertes medidas de seguridad, y construida sobre humedales. Nordelta no solo existe, sino que es una referencia muy evocadora para los lectores de Argentina: lujo, clasismo, disparate urbanista. No así para quien lee a Julia Kornberg (Buenos Aires, 1996) desde España, por lo que tal vez se le escapará parte de la intención que destila la nota inicial de esta novela, escrita por uno de sus personajes en 2063, cuando alude a una “catástrofe climática” que todavía no ha tenido lugar, pero sería tan verosímil como bíblica. En todo caso, esa primera nota ya insinúa varias características de la novela que ha escrito Kornberg, con su inteligente y sintético estilo, un tono de obituario generacional predictivo y la ambiciosa voluntad de erigirse en parábola de la historia que nos augura el momento presente.

Aquí estamos otra vez, sudando bajo la dorsal atmosférica como insectos atrapados en una lupa cósmica, porque resulta que el cielo y el cambio climático —que se comporta como un dios menor. O mayor, ya veremos— han decidido que el verano de 2026 no será un verano sino una secuencia de hornos encadenados, una ola y luego otra y luego una tercera, cada una jurando que es la última y mintiendo, siempre mintiendo. El aeropuerto de Bilbao marcó 42,7 grados el 24 de junio, la cifra más alta jamás registrada allí en junio o julio, y eso que Bilbao es una ciudad que históricamente presume de su verde húmedo, de su orballo, de su no-ser-Sevilla. Y mientras tanto encendemos el aire acondicionado, un aparato que enfría la habitación calentando el planeta entero. Y al hacerlo, firmamos un pacto fáustico que nos vende frío a cambio de futuro, y nos sentimos modernos y a salvo, nos sentimos —pobres de nosotros— inteligentes.
Por fin llegó el verano (hace ya un rato, pero está bien comentarlo). Porque a quién no le van a gustar las máximas de 45º, los guiris llenando todas las playas y, por supuesto, el ritual de examinar el cartel de los helados del chiringuito de turno. Ese ritual de indecisión eterna en el que no sabes si arriesgar con algo nuevo o perpetuar la decisión que tomaste con seis años y que nunca, nunca moviste.