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Sabemos que el mundo se ha vuelto amenazante. Los responsables de las finanzas globales ya no utilizan frases tranquilizadoras como aquella de Mario Draghi —el “whatever it takes”— para salvar el euro en 2012. Al contrario. La semana pasada, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) hablaba en Davos de que el crecimiento previsto para la economía mundial, del 3,3% en 2026, es “una historia muy bonita, pero insuficiente”. “Quiero hacer un llamamiento a todos vosotros: no caigáis en la complacencia. El crecimiento no es lo suficientemente fuerte. Y por eso, la deuda que pesa sobre nuestros hombros, que está alcanzando el 100% del PIB, será una carga muy pesada”, advirtió Kristalina Georgieva.
Peldaño a peldaño el mundo ha acumulado deuda al compás de las perturbaciones: la Gran Recesión de 2008 con sus coletazos posteriores en las crisis soberanas en la eurozona y la pandemia fueron determinantes. Portugal y Grecia son dos ejemplos de las consecuencias dramáticas de tener unas finanzas públicas poco sostenibles. Las reformas y recortes que se vieron obligados a hacer por la llamada troika (la Comisión Europea, el BCE y el FMI) dejaron profundas cicatrices sociales.
La escalada en el mundo se ha aceptado —no hay una cifra que se pueda considerar en sí misma peligrosa— hasta que los mercados han empezado a poner farolillos rojos. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE fija un valor máximo de referencia para el déficit público en el 3% del PIB y del 60% para la deuda pública. “Posiblemente ya es un número que no se corresponde con la situación actual”, cree David Martínez Turégano, economista senior de Caixabank Research. Lo relevante es su evolución: cuánto cuesta financiarla, a qué plazo, en qué moneda, y si la economía crece lo suficiente para sostenerla. Las previsiones del FMI la elevan hasta casi el 150% del PIB en 2030 en todo el globo. Eso añade otro problema: “En general, el tipo de interés al que se financian las administraciones suele ser referencia para el resto de los activos financieros y se puede llegar a trasladar al sector privado”.
La maquilladora Pat McGrath (Northampton, Reino Unido, 55 años) no es una viajera minimalista. Lleva décadas saltando de pasarela en pasarela o aterrizando en sesiones de fotos con decenas de maletas y baúles —ha contado hasta 80 bultos— con miles de productos. Pintalabios de todos los colores, sombras en cualquier acabado, pegamento facial, cristales decorativos, pestañas postizas o un buen arsenal de bases de maquillaje para cualquier piel (en los noventa, la supermodelo Naomi Campbell decía que McGrath era la única que acertaba con su tono). Nunca sabe si el creativo con el que colaborará cambiará de idea y pedirá un labio dorado o un ojo con plumas y ella es la reina del porsiacaso. Por eso recuerda que enloqueció cuando accedió al archivo de Louis Vuitton, la casa maletera por excelencia: “De pequeña soñaba con sus baúles, iba a mercadillos con la esperanza de encontrar alguno”, evocaba en una reunión con prensa internacional el pasado julio en París. Desvelaba entonces su último trabajo, La Beauté Louis Vuitton, la primera colección de maquillaje de la firma francesa para la que ha fichado como directora creativa de la división cosmética. “Llevo trabajando en su backstage más de 20 años y siempre había sentido que necesitaban maquillaje. Ha sido una evolución natural”, añadía por videollamada en una entrevista concedida a este medio unos días antes de Navidad.

Eman Akram vuelve a sonreír en clase. El segundo trimestre no ha podido empezar de mejor manera: ha vuelto al IES Sagasta con el hiyab. La justicia le ha dado la razón después de que el centro educativo de Logroño, donde estudia primero de Bachillerato Internacional en la rama de letras, le prohibiera en septiembre el acceso con el hiyab. La sentencia del Juzgado de lo Contencioso Administrativo 2 ha anulado esta medida, ya que, concluye, “vulnera el derecho fundamental a la libertad religiosa”. Además, contempla una indemnización de 2.000 euros por daños morales.

Las de mediana edad, las adolescentes, las lesbianas, las heterosexuales, las europeas y las americanas. Todas parecen haberse puesto de acuerdo en una compartida obsesión por Heated Rivalry, la serie sobre una acalorada y prohibida relación entre dos jugadores de hockey que llegará a España el 5 de febrero a Movistar Plus+ bajo el título Más que rivales.
Los niños y adolescentes pasan buena parte del día con el móvil en la mano, deslizando una imagen tras otra. En sus pantallas se encadenan publicaciones de cuerpos trabajados en el gimnasio, rutinas de cuidado de la piel, platos saludables y estilismos que apenas se repiten en dos fotos seguidas. La vida cotidiana se convierte en escaparate: se enseña, se mide, se compara y se compite, pero… ¿Qué efecto tiene esa exhibición? ¿Dónde se cruza la línea entre jugar con filtros y vivir pendientes de gustar? ¿Cómo influye en su relación con su propio cuerpo?
Tras 15 años en el mundo académico, la filósofa Nadia Yala Kisukidi (Bruselas, 47 años) está considerada como uno de los referentes del pensamiento africano contemporáneo. Es autora, entre otros, de Dialogue transatlantique (diálogo transatlántico) y del ensayo Bergson ou l’humanité créatrice (Bergson o la humanidad creadora). Ha editado el volumen Afrocentricités (afrocentricidades) y escribe en el volumen Colonisations. Notre histoire (colonización, nuestra historia. Ninguno de sus libros ha sido traducido al español). En la actualidad enseña literatura francesa y pensamiento crítico en la Universidad de Nueva York (NYU), ciudad adonde llegó hace un año con su pareja y su hija, sin decidir aún cuánto tiempo se quedará.