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La Copa del Mundo estaba allí, a medio metro del micrófono de Antonio, pero él no se atrevió a tocarla. Fue durante la celebración del Mundial. “Me dio cosa”, confesó unos días después. ¿Por qué? “Yo creo que la gente hubiese pensado: ‘¿Pero estos quiénes son?”.

Cuando, a finales de julio, Saber y ganar publicó en sus redes sociales un mensaje pidiendo respeto para sus concursantes, todos sus seguidores pensaron en un participante en concreto. Todos, menos él. “Sinceramente, cuando lo leí no tenía claro por qué era”, explica Martín Escolar (Madrid, 35 años). Hacía una semana que habían dejado de grabar por el parón del concurso en verano —los nuevos programas en los que él participa arrancan en la semana del lunes, 21 de septiembre— y desconocía que enviarían ese mensaje. “Cuando lo vi, dije, ‘a saber por qué será’. Luego vi que los medios apuntaban a mí, aunque ellos no dijeron mi nombre. Pero, por lo visto, era yo”. Así que él también escribió otro comunicado en su cuenta de Instagram para aclarar que estaba perfectamente y que las críticas se las tomaba como una motivación más. “Que parezca que la comunidad más tóxica en internet sea la de Saber y ganar es algo que nadie vio venir”, bromea Escolar, sentado en la terraza de la cafetería de EL PAÍS en Madrid a principios de septiembre.


Es un día tormentoso al comienzo de la temporada de lluvias en Tondo, uno de los barrios más densamente poblados y contaminados de Manila (Filipinas). Su calle principal está repleta de camiones que apenas caben y que transportan contenedores dentro y fuera del puerto de la ciudad. Aquí, el espacio es un lujo inalcanzable para la mayoría. A escasos centímetros de los camiones que pasan, un ejército de trabajadores informales realiza una labor esencial: reciclar los aparatos electrónicos desechados.



Es un colgajo de lana o de algodón, una falda trasera, media falda en realidad. Es color. El jersey a la cintura arma, da empaque, arropa, protege los glúteos; podría llamarse nalguero, como hombrera o rodillera, refuerza. Cae acortinado hasta las corvas y debe anudarse con dulzura, con una sola lazada, con riesgo de que se suelte, no hay peligro si se cae, no es un cabo de amarre; nadie quiere retorcer las mangas, ese jersey un día se llevará puesto en el tronco, como es costumbre, y sobre los hombros.
En el último capítulo de la comedia Hacks, ambientada en Las Vegas, sus dos protagonistas viajan a París para darse el lujo de comer pan de verdad. Se zampan una buena baguette como si en su hogar no pudieran hacerlo. Es, sin duda, un fallo de guion, porque resulta imposible que Deborah Vance, la diva de la ciudad y personaje principal de la serie, no haya pasado por Hank’s Fine Steaks & Martinis. Impresiona la calidad de la variada selección de panes de todo el mundo que acompaña a su excepcional carta y a un ambiente tan aspiracional. Es tan solo un ejemplo de que se puede experimentar Las Vegas como un local sin apenas pisar su famoso Strip y sus casinos y gozarlo de verdad.
Este verano, a medida que el calor implacable y la sequía hacían bajar sus niveles de agua, el Danubio empezó a mostrar sus secretos. Como si fueran monstruos que surgían del fango del tiempo, empezaron a aparecer restos hundidos de la Segunda Guerra Mundial.
Casi al tiempo que Alternativa por Alemania (AfD), el partido de extrema derecha, ganaba las elecciones en el pequeño land de Sajonia-Anhalt (2,12 millones de habitantes) con un estrepitoso y nada habitual 44% de los votos, el pensador germano Peter Sloterdijk establecía un paralelismo entre esa formación política y el partido nacionalsocialista de los años treinta del siglo pasado. Decía, en las páginas de Ideas: todo empezó con los votantes de los nazis diciendo que estaban descontentos con lo que ocurría en el Bundestag (Parlamento), siguió con la prensa popular clamando que aquello era una “casa de charlatanes”, y el resultado fue el acceso al poder de Hitler. En cierto modo, AfD es muy similar al Partido Nacionalista Obrero Alemán (NSDAP) “desde el punto de vista de esa supuesta inocuidad de sus comienzos”. Ese Estado federal pertenece a la antigua Alemania del Este (República Democrática de Alemania).

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Dentro de la rutina de cuidado capilar, el champú es el paso imprescindible, pero en realidad hay más, desde las mascarillas a los protectores térmicos. Dentro de todos eso complementarios, los acondicionadores son unos de los grandes desconocidos y dirás, ¿por qué? La respuesta es rápida y sencilla: no se usa correctamente.








