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Desde hace semanas, los teléfonos vibran sin cesar en Minneapolis. Son cientos de pequeños calambrazos al día; uno por cada mensaje que reciben los vecinos apuntados en los grupos de Signal que vigilan y hostigan a los 3.000 agentes de la policía secreta migratoria de Donald Trump desplegados en la ciudad.
En un tiempo en el que la realidad a menudo parece una distopía poco verosímil, Jacinda Ardern da la impresión de llegar desde otro mundo. Un mundo que defendía que el poder podía ejercerse de otro modo. Un mundo en el que la empatía no era debilidad, sino fortaleza. Un mundo que se enamoró de la forma de gobernar de la joven primera ministra de un país pequeño y remoto, casi invisible en el mapa informativo, en las antípodas de los hiperliderazgos masculinos que hoy se imponen. Ella era otra cosa. En todo. Incluso en la forma de marcharse. Renunció al cargo en 2023, tras ejercerlo durante seis años, porque no tenía ya “energía suficiente”. Lo anunció con la voz entrecortada en una rueda de prensa que dio la vuelta al mundo.
En un país donde la tendencia desde hace décadas ha sido hormigonar y edificar hasta el último centímetro de costa, unos pocos municipios han empezado a hacer justo lo contrario para defenderse de temporales marítimos como los de las últimas semanas: deconstruir para dar más espacio a la playa. Representan un grano de arena en el hiperurbanizado litoral del país, pero son experiencias muy reales en las costas de Tarragona, Pontevedra, Castellón, Girona, Alicante... y, en algunos casos, ya han demostrado su eficacia frente a los embates del mar embravecido, una amenaza que se agrava con el cambio climático.

Los niños ven porno cada vez más temprano. El contenido de portales como Pornhub o XVideos se ha convertido en la primera y casi única forma de educación sexual. Un porno mainstream, cada vez más violento y machista, que condiciona la visión de la sexualidad y que distintos estudios vinculan con dependencia, problemas emocionales y de salud mental, y una mayor propensión a conductas sexualmente agresivas.
En La Venus del ‘smartphone’ (Editorial Carpe Noctem), la periodista Marita Alonso (Madrid, 40 años) analiza los mecanismos internos y las contradicciones de las aplicaciones de ligar. Desde un punto de vista sociológico, psicológico y feminista traza el mapa de un fenómeno que ha transformado por completo el modo en el que se encuentra pareja en nuestro tiempo.

Róterdam es una ciudad para mirar hacia arriba. Absténganse aquellos con cervicales delicadas, porque la segunda urbe más poblada de los Países Bajos ―con casi 600.000 habitantes, por detrás de Ámsterdam― es un recital arquitectónico de diferentes estilos y, sobre todo, de enormes dimensiones. La veintena de edificios que superan los 100 metros de altura así lo acreditan. Sus construcciones también revelan una predilección por la arquitectura, el urbanismo y un afán por seguir creciendo. Solo así se explica la necesidad de construir dos grandes pasos de un kilómetro de longitud que unen el distrito centro y el sur, salvando el río Nuevo Mosa.
No son edificios, pero sí importantes obras de ingeniería que permitieron conectar las partes norte y sur de Róterdam. La primera conexión fue mediante el túnel Maas, construido entre 1937 y 1942, también declarado monumento nacional. Renovado íntegramente en 2017, decenas de miles de personas cruzan diariamente ―con accesos separados para vehículos, peatones y bicicletas― este conducto subterráneo que transcurre durante un kilómetro por debajo del río Nuevo Mosa. Ya en la década de los noventa del siglo pasado, la ciudad incorporó otra gran pasarela, esta vez por encima del raudal. Los 802 metros de longitud del puente Erasmusbrug, apodado cariñosamente por los locales como "el cisne" por su forma, conecta las dos orillas de la urbe desde 1996.
En Francia piensan prohibir las redes sociales a los menores de 15 años, pero me pregunto por qué no prohibirlas a partir de los 15 años, pues a menudo es un entretenimiento infantil. Para mí todo lo malo es culpa de las redes sociales y el reguetón, tengo ese prejuicio. Soy cada vez más anacrónico, razono de maneras que ya no pueden ser, pienso qué felices seríamos sin redes sociales, como quien aún traduce euros en pesetas (¡Dios mío, 12 euros un gin-tonic, 2.000 pesetas!). Solo quien lo probó lo sabe (valían 250), pero el mundo ya es así y te ves diciendo cosas de abuelos, todo va muy rápido y se envejece antes, por eso todo el mundo se da más prisa en parecer joven.

Sabemos que el mundo se ha vuelto amenazante. Los responsables de las finanzas globales ya no utilizan frases tranquilizadoras como aquella de Mario Draghi —el “whatever it takes”— para salvar el euro en 2012. Al contrario. La semana pasada, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) hablaba en Davos de que el crecimiento previsto para la economía mundial, del 3,3% en 2026, es “una historia muy bonita, pero insuficiente”. “Quiero hacer un llamamiento a todos vosotros: no caigáis en la complacencia. El crecimiento no es lo suficientemente fuerte. Y por eso, la deuda que pesa sobre nuestros hombros, que está alcanzando el 100% del PIB, será una carga muy pesada”, advirtió Kristalina Georgieva.
Peldaño a peldaño el mundo ha acumulado deuda al compás de las perturbaciones: la Gran Recesión de 2008 con sus coletazos posteriores en las crisis soberanas en la eurozona y la pandemia fueron determinantes. Portugal y Grecia son dos ejemplos de las consecuencias dramáticas de tener unas finanzas públicas poco sostenibles. Las reformas y recortes que se vieron obligados a hacer por la llamada troika (la Comisión Europea, el BCE y el FMI) dejaron profundas cicatrices sociales.
La escalada en el mundo se ha aceptado —no hay una cifra que se pueda considerar en sí misma peligrosa— hasta que los mercados han empezado a poner farolillos rojos. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE fija un valor máximo de referencia para el déficit público en el 3% del PIB y del 60% para la deuda pública. “Posiblemente ya es un número que no se corresponde con la situación actual”, cree David Martínez Turégano, economista senior de Caixabank Research. Lo relevante es su evolución: cuánto cuesta financiarla, a qué plazo, en qué moneda, y si la economía crece lo suficiente para sostenerla. Las previsiones del FMI la elevan hasta casi el 150% del PIB en 2030 en todo el globo. Eso añade otro problema: “En general, el tipo de interés al que se financian las administraciones suele ser referencia para el resto de los activos financieros y se puede llegar a trasladar al sector privado”.