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El verano solía apetecer. Si el cielo estaba raro, es que venía una tormenta. Si olía a quemado, era algún primerizo con la paella. Y si caía ceniza, era por los petardos en honor a San Onofre. Aunque no entendíamos lo del “40 de mayo” sabíamos que ahí empezaba el festival de cloro, gaseosa y nocilla; paseos en el monte por caminos de arena y vistas a bosques de encinas y pinos centenarios. El presente era nuestro y el futuro, sin importar lo que fuera, también. Ahora vamos por la tercera ola de calor del verano. El presente arde y el futuro es una humareda. Al final, la Roja era esto: un país ardiendo sin nadie que salga a defenderlo. Pasto de negacionistas y pirómanos de lo público.
La libertad de expresión protege el derecho a manifestar opiniones, incluidas aquellas que son provocadoras, ofensivas o profundamente equivocadas. Pero protege, exactamente con la misma fuerza, el derecho de periodistas, investigadores, verificadores y ciudadanos comunes a examinar esas afirmaciones, aportar pruebas y señalar públicamente: esto es falso.
Farah Abu Qneis no se atrevía a mirar su pierna izquierda. Entre una nube de polvo y escombros y en medio de un profundo dolor, solo escuchaba a su amiga gritar: “¡Tu pierna, tu pierna!”. Era la noche del 28 de junio de 2024, ambas estaban en casa de su abuela, en Deir al Balah, cuando una violenta explosión sacudió la zona. Poco después, esta joven de 23 años perdió el conocimiento. Fue trasladada en coche, en una camilla improvisada, al Hospital de los Mártires de Al-Aqsa, desbordado por la llegada masiva de heridos. Aunque necesitaba una intervención urgente, los médicos no pudieron operarla hasta dos días después debido al colapso del centro sanitario. Cuando le comunicaron que tendrían que amputarle la pierna, sintió que su mundo se derrumbaba.
Las incertidumbres que pesan sobre sobre la economía global, (guerra arancelaria y tensiones geopolíticas y energéticas), que afectan a todos los países, forman ya una parte fija de todos los análisis. Frente al desánimo que generan, resulta alentador el mensaje del catedrático Joan Tugores que se inspira en el pensamiento del filósofo Bertrand Russell: “cómo vivir sin certezas, y, sin embargo, sin quedar paralizados por las vacilaciones”.
“Mira, esos dos edificios eran de negreros”, indica a vuelapluma el historiador Martín Rodrigo Alharilla (57 años, Sabadell) mientras pasea por la zona del puerto de Barcelona. Prosigue la ruta por la Rambla y señala un bajorrelieve en el que se aprecian cadenas, sogas, cañas de azúcar y una chimenea. El edificio que lo luce en el frontispicio es la sede del Departamento de Cultura de la Generalitat. “Se construyó a finales del siglo XVIII y después lo compró Tomás Ribalta i Serra, un indiano (español emigrado a América) con negocios en Cuba y que probablemente tenía una factoría negrera en la actual Nigeria. Un hombre tremendamente rico que aquí se dedicó a vivir de rentas”, ilustra el profesor, que documentó la exposición La infamia, la participación catalana en la esclavitud colonial, que se pudo visitar en el Museo Marítimo de la ciudad y que ahora está alojada en internet para su consulta.
No teman, no están ante una arenga gremialista (de hecho, esta profesión tiende hacia el individualismo y huye de cualquier forma de planteamiento sindical). Esta profesión es la de periodista musical. Eso abarca la crítica de discos, la crónica de conciertos y las entrevistas o perfiles. En otras latitudes, tales labores se reparten entre especialistas de cada rúbrica; aquí, para bien y para mal, se tiende a juntar todo en una única persona.
Durante el viaje de tres semanas de Tadej Pogacar hacia su quinto Tour ha habido tantos momentos extraordinarios —récords de ascensión del Tourmalet y a Alpe d’Huez, ascensiones en solitario de kilómetros aniquilando a los mejores ciclistas del mundo, los sueños del futuro— que científicos y entrenadores se han pasado un rato cada día haciendo operaciones con la calculadora del móvil. Tantos metros de desnivel, tantos minutos de ascensión, tanto peso, tanta altitud, uno por otro, partido por el siguiente y un resultado en vatios, 430 en 40 minutos, 450 en 20 minutos, y así, números que los dejaban admirados, con la boca abierta, y creerían equivocados si no fuera porque pertenecen al único e inimitable esloveno que domina el ciclismo mundial en todas sus conjugaciones desde hace seis años.
Una vez terminada la final del Mundial con la victoria de la selección española, tres jugadores de la Roja se fotografiaron juntos: Mikel Merino, Martin Zubimendi y Mikel Oyarzábal. Dos de ellos -Oyarzabal y Merino- aportaron siete de los 14 goles de la selección española. Pero ese no era el motivo de la foto. Consistía en que Merino y Zubimendi habían militado en la Real Sociedad de San Sebastián con Oyarzabal, hoy su capitán. La foto tuvo un lugar privilegiado en la prensa guipuzcoana. Lo mismo que las palabras de Oyarzabal, principal goleador de la Roja, calificando de “histórico” el triunfo de la selección.
Muchos hombres homosexuales dejaron el balón en la infancia o la adolescencia al sentir que estaban en territorio hostil. Sin embargo, los valores que ha defendido ahora la selección española con jugadores como Borja Iglesias o Lamine Yamal han llamado su atención.
Algunos opinadores llevan una semana burlándose de otros opinadores que han analizado el Mundial más allá de lo estrictamente deportivo. Es tradición que los polemistas profesionales, muy atentos al consenso, disparen, en cuanto lo detectan, en sentido contrario. Pero el fútbol siempre ha sido mucho más que fútbol. Lo saben grandes firmas del periodismo y de la literatura, como Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Javier Marías, Albert Camus, Manuel Vázquez Montalbán… que le dedicaron artículos, cuentos e incluso libros enteros. Y lo saben, desde luego, los países que han invertido cifras mareantes en lo que Amnistía Internacional llama “blanqueamiento deportivo” y que se manifestó especialmente en la Supercopa de España en Arabia Saudí o el Mundial de Qatar. El fútbol es política, economía, diplomacia y, como todas las pasiones, un excelente observatorio de la naturaleza humana.