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Presentarse en una cita limpio y aseado era lo mínimo que se podía exigir, casi un lugar común entre frases de madres. “¡Vete limpio!“. Ya no. La idea es que la higiene tapa la secreción de feromonas y por tanto reduce la capacidad de atracción al sexo opuesto. “He dejado de lavarme el pelo por completo y ahora, sin ironía, recibo más cumplidos sobre cómo huelo. Maximizar las feromonas es la clave”, asegura un usuario en TikTok ante 13.000 usuarios que han aprobado con un me gusta. La práctica se llama pheromonemaxxing y es el enésimo fleco del looksmaxxing: un rosario de métodos extremos para conseguir atractivo físico. Uno de los más exagerados es el bonesmashing, o sea, romper huesos, que consiste en martillearse la cara con la convicción de que eso afilará los rasgos. Esta y otras técnicas, como drogarse para no comer, son cortesía del ultrapopular Clavicular.

Un buen día de mediados de los setenta, Ramón Arcusa llamó a Rosa León (Madrid, 1951) y le dijo: “La poeta argentina Maria Elena Walsh quiere conocerte”. La cantante, que aún estaba empezando, no conocía su obra pero se quedó impresionada con uno de sus versos, que hablaba del horror de Hiroshima. Walsh, sin embargo, quería que hiciese un programa para niños. “No se me había pasado por la cabeza, pero me convenció”. Medio siglo después y cuando justo ha regresado a Madrid desde el Instituto Cervantes de Dublín, vuelve a darle vida musical a la obra de Walsh, esta vez con la ayuda de amigos como Joaquín Reyes, Serrat o Sabina en un disco que es una carta de amor. Hacía 20 años que no entraba en un estudio. Lo estrenará el próximo día 29 en el Teatro de la Zarzuela y no es, ni mucho menos, un recital para niños: “Hablamos de una mujer que ganó el premio de poesía más importante de Argentina con 17 años y después se fue a Maryland con Juan Ramón Jiménez. Todo lo que hace tiene una mirada muy larga. No daba puntada sin hilo”.

Por una vez, los demócratas y Donald Trump están de acuerdo en algo: ambos plantean las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre en Estados Unidos como un referéndum sobre su presidente. Trump sí o Trump no. La oposición confía en que los votantes castiguen a aquellos que representan al inquilino de la Casa Blanca por todo el país y en el Congreso. Después de todo, el presidente bate marcas de impopularidad, tras casi dos años de una gestión caótica y corrupta, y tiene el país inmerso en una guerra contra Irán que ha disparado el coste de la vida por las nubes. ¿Y Trump? Él siempre está seguro de su capacidad para ganar en cualquier circunstancia, y exhibe su notoria tendencia a querer ser el centro de atención, aunque eso perjudique a los candidatos republicanos en circunscripciones reñida. Decenas de ellos han declinado participar en el último espectáculo: una insólita convención republicana en Dallas.

Aunque el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) lleva dos años subiendo en las encuestas, la negativa de otras fuerzas a incluirlo en una coalición de gobierno le ha impedido hasta el momento llegar al poder. Sin embargo, dado que este “cortafuegos” se basa en que la AfD siga siendo lo suficientemente pequeña como para quedar marginada, las elecciones regionales del pasado fin de semana en el estado de Sajonia-Anhalt podrían socavarlo de forma irremediable.
Este verano decidí ignorar alegremente algunas noticias. Los periodistas usamos una expresión para describir el momento en que el cuerpo se revuelve contra ellas: fatiga informativa. Cuando no sabes a qué nueva terrible amenaza para la civilización atender, apagas la radio y te vas a por un helado. Y eso es muy sano, pero también un problema enorme porque de verdad estamos hablando de terribles amenazas para la civilización. Por algún motivo, dejar de mirar el móvil no detuvo el flujo de hechos inquietantes. El ataque involuntario de OpenAI a Hugging Face de julio que intenté obviar resultó ser peor de lo imaginado. No solo se escapó un modelo de un entorno de pruebas para hackear a otra empresa, sino que un enjambre de un millar de agentes hizo todo lo posible para ganar: organizarse en grupo, engañar, sacrificarse, borrar rastros y dejar de avisar a los humanos. Su comportamiento no es excepcional: según un estudio reciente del Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido, todos los modelos que probaron intentan hacer trampas. Como, al parecer, sus jefes humanos.
Casi todos van a peor y nosotros más deprisa. Según el Informe PISA, en 10 años la comprensión lectora de los alumnos españoles ha caído 45 puntos. Han retrocedido algo más de dos cursos. El conjunto es deprimente e incluye sorpresas. Una es la caída de algunas comunidades ricas, como el País Vasco, que ahora está solo por encima de Ceuta y Melilla. Su retroceso hace pensar en efectos negativos de las políticas lingüísticas. Está por ver que ayuden al euskera y, desde luego, parece que perjudican a los estudiantes. Cataluña fue descartada por hacer trampas y también han hecho trampas, aunque menos, Murcia y Baleares.
Me he comido un notición teniéndolo delante, pero, como lo cegata no quita lo elegante, recupero aquí la información para mis lectores citando a los colegas de la competencia que la adelantaron puntualmente. “Isabel Díaz Ayuso vuelve al trabajo con el top agotado de Zara de 26 euros que todas querrán llevar en septiembre”, titulaba La Razón la primicia el pasado día 2. Y yo, a por uvas. Del top, del chollo y de que Ayuso había tenido vacaciones. Fíjate que, después de sonrojarme hasta el tuétano, lo primero que pensé es que yo, de Miguel Ángel Rodríguez, plenipotenciario jefe de gabinete de la presidenta madrileña, hubiera llamado a quejarme. ¿Cómo que Ayuso vuelve al trabajo? Si se ha pasado agosto colgando fotos de ella supervisando los incendios de la sierra, de ella consolando a los vecinos, de ella de broza hasta las corvas con sus shorts de batalla, su chaleco de crisis y su letrero de PRESIDENTA sobre el pecho, mientras el presidente del Gobierno se tostaba al sol de La Mareta teniendo a Ceuta en llamas. Qué escándalo. Eso, por no hablar de la cosificación machista de su jefa reduciéndola a su físico. Pero no, que yo sepa no ha habido queja. Todos tan contentos.
La maestra mandó a sus alumnos hacer una redacción. Al recoger la de Maria, en el recorrido de dejar su redacción sobre las otras, vio tal cantidad de faltas de todo tipo que dijo en voz alta y con desdén: “Te has dejado de poner el nombre pero aún así, sabría que es la tuya. Te lo he dicho mil veces, Maria, tú tienes que escribir frases cortas. Cooortas.” Todos rieron. Maria no, por supuesto que no. Maria solo sonrió disimulando el dolor por el desprecio público y guardó el momento en su memoria para el resto de sus días. Lo guardó junto a otros de la misma índole. Momentos que sin ser descaradamente crueles (¿acaso la profesora no estaba dándole un consejo para su bien?) irían fraguando una inseguridad permanente ante los textos y, especialmente, ante sí misma. Momentos que, de algún modo u otro, le confirmaban que ella era más tonta que los demás. Porque Maria, claro, era disléxica. Todavía lo es.
Vicky Nieto tiene 63 años y perdió a su hijo de 24 por suicidio el 13 de enero de 2025. Desde entonces, relata, vive un dolor “devastador, que te atraviesa y es tan terrible que te produce sensaciones físicas que nunca había tenido”, y que ella ha utilizado, asegura, para “convertirlo en algo útil” y para “atravesar” su duelo. Ha creado y buscado ayuda para financiar una campaña de sensibilización que ayude a los demás en sus duelos y que “saque el suicidio del armario”. Se llama La última foto y se presentará este jueves, día mundial de la prevención del suicidio, enfrente del Congreso.