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La imagen se tomó el 26 de julio al amanecer. El bombero Luis eleva su mirada al cielo, la mascarilla bajada deja entrever una sonrisilla mientras piensa: “Qué bien hemos trabajado y qué efecto ha hecho”. Luis, que no quiere que salga su apellido y prefiere que sean entrevistados sus compañeros más experimentados, tiene 25 años, lleva cuatro campañas de verano luchando contra el fuego en la Comunidad de Madrid y este es el primer año que tiene plaza fija. Le ha tocado justo cuando la región vive “el peor incendio de su historia”, como han calificado las autoridades. Pero Luis, solo quiere que acaben sus dos días de descanso: “Estás deseando volver al incendio para salvar todo lo que puedas”.

Idoia espera en Talavera de la Reina (Toledo) regresar a su pueblo, Sotillos de la Adrada (Ávila), del que fue desalojada el sábado. Espera junto a su móvil una señal, una pista por dónde poder volver, a pesar de que la situación del “peor incendio” de la historia de España aún no está controlada. Tiene ganado, pero ahora no le preocupan sus animales ni sus propiedades calcinadas. Aún no ha tenido tiempo para pensar en lo que ha arrasado el fuego. Solo piensa en sus vecinos. La mayoría obedeció la orden de desalojo, pero unos cincuenta decidieron quedarse en Sotillos. “Muchos estaban en el monte como bomberos voluntarios y la orden les pilló allí, y al bajar al pueblo se quedaron para seguir ayudando como voluntarios. Muchos tenían animales y se quedaron por eso”, explica. Entre ellos, el alcalde del municipio, Juan Pablo Martín, que permanece en Sotillos coordinando la respuesta de los que se quedaron. Se niega a hablar con la prensa hasta que las llamas estén controladas, y al teléfono responde Iván, que está en la plaza del pueblo coordinándose con los demás. “Llevamos cuatro días respirando humo, pero la situación va a mejor”, concede. Cuenta que su padre ha conseguido sortear los férreos controles que la Guardia Civil ha establecido por todos los accesos, y les ha llevado suministros y herramientas. Y fuerzas, porque se confiesan superados tras varias jornadas de extinción. La interlocución con ellos se complica por momentos, porque debido a las labores de control de fuego, los cortes de electricidad, agua y comunicaciones son constantes. Piden baterías portátiles y alimentos no perecederos. El dueño de uno de los supermercados del pueblo dejó abierto el acceso al local, pero los bienes ya empiezan a escasear.
Los servicios de emergencia le pidieron a los vecinos que evacuaran lo antes posible por el incendio que se acercaba a toda velocidad. Luna Fernández, de 49 años, tenía que hacer las maletas de ella y sus seis hijos, pero le asaltaba una pregunta: ¿a quién tenía que avisar de que se alejaba de su pueblo sin que eso supusiera incumplir su régimen de semilibertad?

En el verano de 1976, el clima de odio en el Reino Unido estaba ascendiendo por encima de las temperaturas. El partido ultraderechista National Front no dejaba de crecer -en la ciudad de Blackburn acababa de obtener el cuarenta por ciento de los votos-, y la violencia racista estaba cada vez más implantada en las calles. El 5 de agosto, durante un concierto en Birmingham, Eric Clapton lanzó desde el escenario un infame discurso a favor del líder fascista Enoch Powell. Muchos consideran que el alcohol o las sustancias a las que Clapton era adicto (él lo relató en sus memorias y en varias entrevistas) pudieron tener parte de responsabilidad.
La cara norte del Eiger, una intimidante pared infinita de roca, hielo y nieve de 1.800 metros de desnivel perteneciente a los Alpes Berneses suizos no había sido escalada aún en 1936, un ‘problema’ por resolver, una cuestión de propaganda también para el régimen nazi. Los hechos acontecidos aquel mes de julio, de los que esta semana se han cumplido 90 años, marcaron durante décadas la forma de relatar el alpinismo, como si esta actividad tuviese que estar eternamente ligada a dramas, situaciones épicas, dolor y pérdida. El peso de la trágica historia de la conquista de la norte del Eiger apenas ha quedado aliviado estos últimos años por la irrupción de una nueva forma de entender el alpinismo y la gestión del riesgo inherente. Las grandes gestas han dejado de ser un asunto de cara o cruz, para dejar paso a un entrenamiento científico que se apoya en un profundo conocimiento del medio, en materiales infinitamente más adecuados que los empleados hace nueve décadas, en previsiones meteorológicas precisas o en la ausencia de motivaciones extrínsecas inadecuadas como el nacionalismo.
El k-pop, nacido en los noventa como un género estrictamente coreano, se ha expandido hasta convertirse en un fenómeno mundial. En la última década hemos visto cómo los grupos BTS y Blackpink —y sus solistas por separado— han roto récords en YouTube y han colaborado con estrellas occidentales como Coldplay o Rosalía. Para comprender mejor semejante auge, el público hispano dispone ahora de K-Pop Idols. Cómo se fabrica un género global, un ensayo publicado originalmente en 2019 y escrito por el periodista Hark Joon Lee y el académico Dal Yong Lin. En la introducción, los autores afirman que las páginas que nos esperan “combinan de forma única la teoría y la práctica” y ofrecen “una mirada fascinante” sobre el tema. Tales promesas, sin embargo, no tardan en esfumarse como lágrimas en la lluvia.


Hay un contraste interesante entre la evolución del Ejército y la Justicia a lo largo de los últimos 50 años. Ambos forman parte del núcleo duro del Estado y durante los años de la Transición quedaron al margen del cambio político. La democracia los heredó de la dictadura anterior sin apenas modificaciones. El Ejército se ha modernizado eficazmente, mientras que la justicia sigue arrastrando problemas serios.
Sentada al atardecer frente al monte Pajariel, una chepa de tierra cubierta de árboles que desde lejos parecen brécol, me pregunto si tenían razón mis mayores cuando esta mañana dijeron que un día estuvo atravesado por cortafuegos que impedían que se quemase. Ellos tienen ya la edad de una presa franquista pero yo estaba viva cuando el golpe de Estado, lo que me da licencia para ofrecerles mis propios recuerdos, que incluyen al trovador Serrat cantando con voz gangosa Todos contra el fuego. Hubo una noche que desde la ventana de mi cuarto se veían rodar por sus laderas lenguas encarnadas que se morían por lamer las casas. Era una niña y me refugiaba en la idea de que en el medio había un río y, un poco más allá, la piscina en la que aprendí a nadar (todo esto lo escribo mientras contemplo su fondo celeste). Somos de generaciones diferentes y sin embargo ellos y yo hemos visto quemarse varias veces ese cerro en el que se posa la estrella que guía a los Reyes Magos de Oriente en diciembre, el mes en el que, todos los agostos nos lo repetimos, se debe empezar a luchar contra los incendios. Esa muralla de vegetación vigila con ojos esmeralda el lugar donde nací, tan rodeado de verde que me pregunto si se le podría considerar urbanización bosque. Sé bien que no, porque acabo de dejar atrás Madrid, un enclave que sí está rodeado de ese tipo de asentamientos. Sus habitantes le han tenido siempre más miedo a los ladrones que al fuego. Tras dar cinco vueltas a la cerradura y activar la alarma, hui de la metrópoli, encapotada por las cenizas de su provincia. Dentro del túnel de Guadarrama, el móvil, incendiado de historias terribles, me mostró un fotograma con la capital cubierta de humo. Alguien apuntaba al pie: “Huele a cenicero”. Me sorprendió la imprecisión del apunte. Un bosque quemado, con toda su vida arrasada, huele, desgraciadamente, a verano. Lo sé porque, como todos los años, esta tarde huele así el lugar donde vine a refugiarme junto a mis mayores.
Carlo Maley (New Hartford, EE UU, 57 años) mira mucho a la naturaleza en busca de respuestas. Este científico, formado en biología evolutiva e informática y director del Centro de Evolución del Cáncer de Arizona, investiga cómo progresan los tumores y cómo se pueden frenar, pero lo hace desde una perspectiva muy particular: observando y analizando cómo han evolucionado los mecanismos de supresión del cáncer en animales grandes y longevos, como elefantes y ballenas.
El caso Cerdán sobre el supuesto amaño de obra pública, que asumió la Audiencia Nacional a principios de año después de que el exministro José Luis Ábalos perdiera el aforamiento ante el Tribunal Supremo, ha experimentado un nuevo impulso en los últimos días. El magistrado instructor Ismael Moreno ha autorizado a la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil a ampliar sus indagaciones a las cuentas bancarias y productos financieros de varios miembros de la familia de Santos Cerdán, ex secretario de Organización del PSOE. A su vez, el juez ha ordenado que se facilite a los agentes los “expedientes” que pueda tener la ONIF (Oficina Nacional de Investigación del Fraude) sobre tres constructoras salpicadas por la trama, para que analicen esa información y la incorporen en próximos informes.