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El seleccionador de Canadá, Jesse Marsch (52 años), es uno de esos apóstoles de la iglesia futbolística de Ralf Rangnick, el influyente técnico alemán (hoy al frente de Austria) que creó escuela con la idea del gegenpressing, la presión atosigante al rival para recuperar el balón lo antes posible. La primera vez que Marsch y Rangnick se encontraron, la cosa acabó en una conversación tan acalorada sobre los conceptos del juego que casi pareció una discusión. Aquella charla, en realidad, era una entrevista de trabajo. Jesse optaba al puesto de entrenador del New York, equipo que pertenecía a la factoría Red Bull, donde Ralf cortaba el bacalao, así que este estadounidense se marchó del encuentro con la idea de que nunca sería el elegido. Pero a los 15 minutos recibió una llamada y un mensaje: “Ralf quedó encantado contigo”.
Era sábado por la mañana y conducía a esa hora en la que apenas hay camiones por la autopista y los aparcamientos de los bares de paso están vacíos. Dejaba atrás las nubes del norte. En la radio alguien hablaba de la selección de Marruecos; decía que podía dar la sorpresa, mientras enumeraban países como si estuvieran colocando el tablero de una partida de Risk. Cuando pasé las últimas montañas, el verde se empezó a volver amarillo y aparecí en la llanura de la Meseta, con esa sequedad que parece crujir a través de la luna del coche. En apenas unos kilómetros, el termómetro casi había doblado sus grados. Fue entonces cuando lo vi.

Entender el trabajo que la italiana Rosa Barba (Agrigento, Sicilia, 53 años) presenta hasta el 28 de septiembre en el Centro de Arte Moderna Gulbenkian (Lisboa) exige comprender que es una de las artistas más representativas de su generación. Se trata de una creadora especial. Viaja en avión constantemente. Pero siempre cerca de la salida. Y cuenta cómo un familiar fue succionado en un segundo por las arenas volcánicas del Etna (Sicilia).


Esta novela es el resultado de dos cristalizaciones. O, mejor dicho, es el correlato de dos conversiones. Y las dos tienen a la Guerra Civil como centro irradiador. El barcelonés Joan Sales (1912-1983) es un discreto corrector y maestro de catalán. En julio de 1936 ingresa voluntariamente en la Escuela de Guerra de la Generalitat. Se incorpora a la columna Durruti, en Madrid, más tarde participa en los frentes de Valencia y de Aragón y, finalmente, en las columnas Macià-Companys. Sales acaba la guerra con el grado de comandante del ejército republicano y tiene que abandonar a pie la Cataluña vencida, camino del exilio. Al finalizar el conflicto bélico, está totalmente transformado: el seguidor del filólogo Pompeu Fabra se ha convertido en escritor, ya solo concibe mirar el mundo desde la literatura.


Un cielo de tintes surrealistas, adornado con cientos de figuras voladoras, es la señal inconfundible de que uno se está acercando al mayor festival de cometas del mundo. Celebrado en Weifang (en la costa este de China), desde lejos parece como si el mar se hubiera invertido y flotara suspendido en el aire un extravagante banco de peces de todos los colores, formas y tamaños: los tentáculos de los calamares gigantes ondean sobre las cabezas con cadencia vaporosa; hay osos gigantes mecidos al viento, elegantes mantarrayas que colean a contraluz, dragones chinos, mariposas y aves tornasoladas; también publicidad ―bebidas de té, una app para buscar empleo―, astronautas chinos, portaaviones del Ejército Popular de Liberación, y un cerdo colosal que rebota contra el prado donde se mezclan turistas, aficionados, verdaderos locos de las cometas, niños y mayores, gente de todo tipo mirando hacia lo alto.










Manu Sánchez (Dos Hermanas, 40 años) estrena este jueves en La 1 el programa El perro andaluz (23.00), un formato con el que lleva batiéndose una década desde la televisión pública de Andalucía. Los tres primeros programas, producidos en Sevilla, se grabarán el día de antes de su emisión, y a partir del cuarto entrará en directo en las televisiones de todo el país. El cómico y empresario atiende a EL PAÍS tras el último ensayo en el plató del Cartuja Center Cite.

Hay series de cuya promoción no puedes escapar. Sabes de ellas aunque no quieras saber y, si te pillan con el día ocioso, acabas sucumbiendo. Me pasó con Se tiene que morir mucha gente, de la que, tampoco sé por qué, esperaba más que lo de siempre: otra ficción protagonizada por treintañeras disfuncionales a las que sus amigas soportan porque creen que en el fondo tienen un corazón chachi. Aunque en la vida real esa gente tan insoportable muere sola, dejen de engañar a los espectadores.
En los albergues, todos los animales esperan un hogar. Y, entre ellos, están los más olvidados, los que nunca nadie escoge para adoptar. Son los perros de gran tamaño, los mayores, enfermos o con taras, como una cojera. Sin embargo, dar una oportunidad a uno de ellos es un gran acto de amor hacia el animal, que, además, devolverá cariño con creces por ofrecerle la oportunidad de formar parte de una familia. “Quienes adoptan estos animales suelen ser las personas más concienciadas, que ya han tenido un animal con estas características y saben lo positiva que es la experiencia”, explica Liliam Calle, presidenta de Terrican Adopta. Las razones por las que hay perros y gatos que no son adoptados suelen ser el tamaño, la edad o el color. “Los perros y gatos negros suelen ser descartados, pero no sabemos por qué. También ocurre con los animales grandes, mayores, enfermos o de razas potencialmente peligrosas, por la creencia de que necesitan más cuidados, dedicación e inversión económica”, detalla Calle.
Pregunta. Me gustaría que me indicaran cuál es el porcentaje aplicable a la revisión del alquiler para un arrendamiento en Madrid en 2026. I. Zuriba
León XIV lleva ya cinco días recorriendo España y el país entero ha aprendido, un poco sin darse cuenta, a desplazarse en diagonal. Hoy ha cruzado el mar. León XIV llega a Canarias, en la última escala de su viaje, y la isla se reorganiza para recibirlo, accesos cortados en torno a los actos, guaguas desviadas, agentes con chaleco amarillo redirigiendo el flujo peatonal hacia avenidas alternativas cuya existencia la mayoría desconocía hasta esta misma mañana, y todo el tránsito de una ciudad atlántica reconfigurado de un día para otro por la presencia de un solo hombre —un solo hombre vestido de blanco, sin coche propio, sin carné, sin la menor culpa por el atasco que provoca— que ha venido a hablar de quienes llegan por ese mismo mar en cayuco. En Barcelona y en Madrid, mientras tanto, las vallas ya se han recogido. Los conos han regresado a sus almacenes municipales, la ciudad ha recuperado su trazado de siempre, un palimpsesto urbano que se pisa sin pensar, capas y capas de calles superpuestas a lo largo de los siglos, y del paso del papa por la capital no queda más que la resaca de los operativos y alguna foto en Cibeles o en la Sagrada Familia. Porque los papas modifican el tráfico durante unos días y esas modificaciones luego se olvidan, vuelven a la nada de la que salieron y la ciudad se queda exactamente como estaba.