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La joven ha vuelto a casa y le ha contado a su madre que al ir a sentarse en el autobús ha visto cómo la señora de al lado se aferraba a su bolso. La joven llegó a España desde un país africano cuando era bebé, hoy es una brillante estudiante universitaria. No parece darle mayor importancia a la anécdota, pero su madre no puede evitar preguntarse si la actitud despreocupada de su hija no es consecuencia de estar acostumbrada a este tipo de situaciones. Sus amigas suelen decirle que no la ven negra, que la ven como una más entre ellas, ¿blanca? Con esto desean demostrarle que la quieren; pero ella es negra y así quiere ser amada. Negra y esbelta, tanto, que quienes la miran piensan, por qué no se hace modelo, y a veces se lo dicen, podrías ser modelo. Nadie está libre de expandir estereotipos, nadie está libre de albergar unas gotitas de racismo en la sangre. Seguramente, la buena señora que agarró su bolso en el autobús lo hizo como un acto reflejo. En España pensábamos que los racistas estaban en Estados Unidos, no se nos pasaba por la cabeza considerar que apenas teníamos inmigración extranjera. Nuestro racismo doméstico se mostraba con los compatriotas del sur, pero a eso se le llamaba clasismo. También creíamos que incluso los estadounidenses habían desterrado el racismo tras el supuesto fin de la segregación. Veíamos en el cine de Hollywood la épica del ocaso de la esclavitud, de la violencia del sur que parecía acabar con la marcha hacia Washington y asumíamos el final feliz. Tuvieron que llegar Baldwin, bell Hooks, Ta-Nehisi Coates y otros para explicarnos qué sigue significando ser negro en Estados Unidos. Ahora es el latino quien permite que el supremacismo blanco renueve su razón de existir.
Un día llegaron los marcianos y dominaron el mundo en cuestión de días. Antes habían estado observándonos para conocer nuestras costumbres y que el primer contacto no fuera problemático. Así que usaron la ley del más fuerte, que les pareció una forma estupenda de arreglar las cosas. No obstante, hubo objeciones y uno de los gobernantes indígenas más llamativos, porque era grandón, naranja y con el pelo rubio, así como los de otros países que decían ser más importantes, por ser más ricos, alegaron que debían respetarse los derechos humanos. Los marcianos se quedaron perplejos. Habían oído hablar de ello, pero desde fuera les había parecido una cuestión menor. Se podía matar a un montón de gente sin mayor problema o incluso hacer desaparecer en una noche una civilización. Además, ellos no eran humanos, no se sentían obligados. Normal que un humano sí, pero ellos no. Entonces estos terrícolas que se habían erigido en portavoces de la humanidad cambiaron de estrategia, precisaron que ellos merecían cierta prioridad, aunque los marcianos no entendían por qué. Los humanos les parecían todos iguales, pero por lo visto entre ellos se distinguían. Contaron que había países y que los suyos en concreto eran distintos y mejores. ¿Países? Es que hemos dividido el suelo con rayas, les explicaron. Los marcianos sacaron sus imágenes de la Tierra captadas desde el espacio profundo, pero no veían nada, y cuando les explicaron que eran líneas imaginarias, no reales, entendieron todavía menos.

“El desarme de la Alemania de posguerra fue una sobrecorrección por la que Europa está pagando hoy un precio elevado. La castración de posguerra de Alemania y Japón debe ser deshecha”. La frase no la firma un nostálgico de la extrema derecha europea. Es una de las tesis de The Technological Republic, libro publicado en febrero de 2025 por Alexander Karp, CEO de Palantir, empresa estadounidense que provee buena parte del software con el que se construye hoy el rearme europeo. Tiene contratos con Alemania y el Reino Unido, opera infraestructura en Ucrania y colabora estratégicamente con Israel. Un mes después, Jürgen Habermas publicaba un llamamiento sobre el rearme europeo. No era un texto pacifista (él no lo fue nunca), pero formulaba la pregunta más exigente que un filósofo podía hacerse ante lo que se anunciaba: qué sería de una Europa con el Estado más poblado y más poderoso económicamente siendo, además, una potencia militar muy superior a todos sus vecinos, todo esto sin integrar en una constitución supranacional la sujeción a una política exterior y de defensa europea común ligada a decisiones mayoritarias.
De todas las sentencias, escritas o atribuidas a Antonio Gramsci, tal vez la más acorde a este tiempo en la economía mundial es aquella que decía: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Estos son muchos y diversos. El mundo afronta una difícil transición entre el fin de la hegemonía del ideario neoliberal, identificado de forma más o menos precisa con aquel llamado Consenso de Washington, y un nuevo modelo que no acaba de configurarse. En el entreacto, han asomado los monstruos, un golpe al orden global que había regido desde la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de economistas ha construido ahora una alternativa, que abraza al mismo tiempo el comercio global y a los sindicatos, que apoya el control de los déficits públicos pero resalta el papel del Estado en el capitalismo. Lo han llamado, con toda la intención, el Consenso de Londres.

Fue una Nochevieja de pesadilla. Yankuba Jaiteh, de 26 años, no la olvidará jamás. Iba en un cayuco que zarpó de Jinak (Gambia), con unas 250 personas a bordo, bajo el resplandor lejano de los fuegos artificiales de Banjul y que, una media hora después, chocaba contra un banco de arena. “Volcamos. La gasolina, mezclada con agua, nos abrasaba la piel. Sacamos nuestros teléfonos y empezamos a pedir ayuda. Pero tardaron horas en llegar, muchas mujeres y niños fallecieron ahogados”, asegura. En total sobrevivieron 94 personas que trataban de llegar a Canarias. El mar vomitó decenas de cadáveres, otros desaparecieron para siempre. En los últimos siete años, decenas de tragedias como esta han sobrecogido a Gambia, que se ha convertido en el principal punto de salida de cayucos hacia las islas españolas.



El arranque del Open de Tenis de Madrid vuelve a poner sobre la mesa una de las estrategias más tentadoras —y más delicadas— del marketing contemporáneo: subirse al ruido de un gran evento sin pagar el peaje del patrocinio oficial. La proximidad de otros eventos internacionales de masas, como la Copa del Mundo de la FIFA o las giras de artistas y bandas que congregan multitudes en espacios reducidos son elementos de atracción. La gira Lux Tour 26 de Rosalía en Madrid ha sumado 70.000 espectadores presenciales; la final de la Copa del Mundo de Futbol fue vista por 1.420 millones de personas, según los datos de la FIFA.
Pilar Sánchez-Bleda, socia directora de Auren Legal, subraya que los contratos de patrocinio internacional son complejos porque deben respetar “los límites publicitarios de los diferentes territorios en los cuales se vaya a desarrollar el evento”. La experta da una idea clave: “conductas como el ambush marketing, claramente atentatorias contra el patrocinio, deberían ser perseguidas de una manera contundente”. La frontera entre aprovechar la actualidad y apropiarse del evento nunca ha sido tan estrecha, ni los medios disponibles tan amplios y asequibles. Una tentación que puede salir cara.
ArcelorMittal ha hecho un viaje de ida y vuelta en poco tiempo. Arrancó el año alcanzando máximos de 2011 y revirtió la trayectoria con el inicio de la guerra, llegando a corregir un 26%. En abril, sin embargo, ha conseguido recuperar el 15% situándose de nuevo entre las mejores compañías del Ibex en 2026 con un alza del 29%.
Conforme desciende la carretera de curvas que da acceso al Hotel Son Bunyola, enclavado entre la Sierra de la Tramuntana y el Mediterráneo, se ven más cerca los bancales con viñas que rodean parte del edificio principal. Ocupan apenas 3 hectáreas de las 330 que tiene en total la propiedad, pero son motivo de orgullo para el director gerente del establecimiento, Vincent Padioleau. El directivo no oculta su alegría, e incluso una pizca de ilusión, al presentar el primer vino de Son Bunyola, que comparte nombre con el alojamiento, tras un proceso que comenzó en 2022. Aunque en realidad la historia arranca varios siglos atrás.
Los conciertos y la música en directo recaudaron en España unos 807 millones de euros en 2025, un 11,2% más que el año anterior. Es la primera vez que el sector supera la barrera de los 800 millones y también el cuarto año consecutivo de crecimiento desde el desplome provocado por la pandemia.

El polen revolotea sin parar por toda la Caja Mágica, donde estos días abundan los picores, los estornudos y las narices rojas. Rojo no, pero sí de llamativo color platino, luce el pelo desde hace unos meses el atrevido Dani Mérida, brillante incorporación para el presente y el porvenir del tenis español. “Es un sueño haber entrado en el top-100 y haber ganado mi primer partido aquí, pero bueno, yo siempre voy paso a paso. Ya estoy pensando en trabajar más y en alcanzar el siguiente nivel. Quiero ir subiendo cada vez más”, decía el madrileño, tenista especial, después de sortear el jueves la primera ronda del torneo, haber firmado su primera victoria en un Masters 1000 y haber reforzado el estirón que le ha permitido romper varias barreras.
Desde la federación se incide en que hoy día, la estructura diseñada por la directiva actual incluye 300 torneos de carácter internacional. “De hecho, somos el país con más ITF júnior del mundo y con más sub-12, 14 y 16 de Europa”.
Añaden que “el año pasado, por ejemplo, batimos récord de ayudas directas a jugadores y torneos con 3 millones de euros invertidos”, y especifican que esa cantidad, en un contexto de precariedad, “es casi un tercio del total del presupuesto”.
“Cuando el tenista está a punto de lograr ser profesional, pero todavía no está en el top-100, es cuando más dinero necesitan”, recalcan las fuentes consultadas, “y es cuando nosotros tratamos de ayudarles en todo lo que podemos”.
“Luego está el enorme talento de los jugadores y esa capacidad de ganar, que hace a los tenistas españoles únicos en el mundo”, zanjan acordándose de campeones como Santana, Orantes, Nadal, Alcaraz, Lilí, Arantxa, Conchita, Muguruza...
Como ya sucediera el jueves, el tenis de Mérida electrizó la Pista 3. Batió al galo Moutet y se enfrentará el lunes al griego Stefanos Tsitsipas (6-2 y 7-5 a Alexander Bublik). Este domingo recogerá el testigo Jódar, citado (no antes de las 21.30, Teledeporte y Movistar+) con João Fonseca.