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Siempre he tenido un problema irresoluble con el teatro y es que pocas veces he logrado creérmelo. Tampoco acostumbra a suscitarme esa emoción, esas sensaciones, que me provoca el gran cine. El problema debe de radicar en mí. Exagero un poco. Hace infinitos años vi al extraordinario Vittorio Gassman en un escenario. Sin ninguna compañía. Recitando a Shakespeare, a Pirandello, a Herman Melville. Me resultó hipnótico. También me fascinó Albert Finney interpretando Hamlet. Fueron excepciones.
El 25 de septiembre, apenas una semana después de esta entrevista, Susan Sarandon (Nueva York, 80 años) fue detenida a las puertas de la ONU en Nueva York. Protestaba, junto a otras actrices como Hannah Einbinder o Cynthia Nixon, contra la comparecencia en la Asamblea del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. No era la primera vez que la detenían y quizás no sea la última. Susan Sarandon, actriz en más de 100 películas, ha protagonizado éxitos de Hollywood como El cliente, Quédate a mi lado o Las brujas de Eastwick; películas de culto como The Rocky Horror Picture Show o Thelma y Louise; y películas comprometidas como Pena de muerte, que le valió un Oscar. Ha aparecido en la serie Friends y ha rodado con Louis Malle. Porque Sarandon escoge sus proyectos como vive, de forma desprejuiciada, con una mezcla de curiosidad y desafío: “Cuando leo un guion quiero que me conmueva. Quiero que el personaje sea algo que no haya hecho antes. Está muy bien si hay un director con una buena trayectoria, pero a veces son directores nuevos. Es genial si te pueden pagar, pero a veces no pueden”. Es el caso de su último proyecto, The Accompanist (aún pendiente de título en español), donde interpreta a Sylvia, una madre de acogida atormentada y excéntrica.
Juan Cebrián
Genevieve Herr (Sally Harlor), Matthew Monzon (TMG LA) y Pattie Yankee.
Cristina Serrano.
Pete Koukov.
Elaine Winter y Mari Siviakova.
La machine.
Drita Curanaj (R3 Mgmt) y Wojtek Szaulinski.
Margarita Babina.
Christopher Morel y Keegan Eckart.
Fern Cerezo y Jan Anthonio Diaz.
Dafne Fernández (Madrid, 41 años) acapara las miradas desde un rincón. La actriz y bailarina ha entrado sigilosa en el Salón Carlos III del Teatro Real de Madrid, donde una veintena de periodistas e influencers esperan a que imparta un breve taller de danza clásica con motivo del 25º aniversario de la película Barbie en El Cascanueces (2001), del que es la embajadora en España. Ya en el centro de la sala, después de agradecer su nombramiento y de dar las primeras indicaciones, parece tan cercana que apetece seguirla. Plié, demi-plié, relevé; las presentes intentan imitar sus movimientos hasta que, de pronto, rompe la disciplina y se sienta en el suelo, animando al resto a hacer lo mismo mientras suena el emocionante Pas de Deux compuesto por Chaikovski para el ballet estrenado en 1892: “Así supe lo que era el síndrome de Stendhal. Es la música que me pongo cuando paso por un momento difícil y quiero escapar a otro lugar”, dice. Mientras, en el suelo, escucha con los ojos cerrados.
En esta época posterior a todo y anterior a nada, la politóloga Wendy Brown va a lo fundamental. Habla de la transcendencia de las próximas elecciones, de la espiral nihilista del neoliberalismo, del problemón de la lógica masculinista naturalizada, de las demandas que comparten los votantes de izquierda y derecha, y de los movimientos sociales que buscan salida a un mundo en combustión, víctima de un fuego alimentado por demagogos oportunistas.
El título genérico de la columna, ‘Palos de ciego’, se me apareció mientras daba vueltas a una frase de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”. Esta columna siempre ha aspirado a entregarle al lector un pedazo de prosa decente, a entretenerle un rato, a hacerle un poco de compañía; en el mejor de los casos, a que ambos, lector y autor, podamos intuir a tientas algo de la oscuridad que nos rodea. No se me ocurre un propósito más ambicioso.

La residencia Casaverde, en el madrileño municipio de Navalcarnero, había avisado a las familias de sus residentes con discapacidad de que no podían vivir más ahí. El mensaje era contundente: “Dispone de un mes para gestionar y coordinar el traslado a otro recurso residencial”, porque el centro fue “seleccionado dentro del acuerdo marco de la Comunidad de Madrid para la atención a personas adultas con discapacidad física en centro residencial, y la Administración nos requiere disponer de las plazas a partir del 1 de noviembre”. La decisión, comunicada a mediados de octubre, ya estaba tomada, pero dieron marcha atrás cuando los afectados denunciaron a la prensa su “expulsión”. Este periódico ha preguntado a la residencia cuántas personas han recibido esa notificación, pero no ha respondido.
Convertirse en madre sigue siendo una de las experiencias más desiguales del planeta. El mismo parto que en Europa suele resolverse como un procedimiento rutinario, respaldado por ecografías, matronas y hospitales a pocos minutos de distancia, puede convertirse en una prueba de supervivencia en amplias zonas de África. A pesar de que los avances médicos, tecnológicos y de atención sanitaria han elevado como nunca las posibilidades de vivir de madres y recién nacidos, cada día mueren más de 700 mujeres por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto, según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Además, cada año alrededor de 2,3 millones de bebés (6.200 cada día) fallecen antes de cumplir su primer mes de vida, casi la mitad de todas las muertes infantiles, de acuerdo con Unicef. La inmensa mayoría de estos fallecimientos podrían evitarse. Sin embargo, el riesgo está repartido de forma profundamente desigual: la mortalidad neonatal en África subsahariana multiplica por 11 la registrada en Australia y Nueva Zelanda y siete de cada 10 mujeres que fallecen por causas relacionadas con el embarazo o el parto viven en el continente africano.
Solo 18 días después del final de la Guerra Civil, el 19 de abril de 1939, se creó el Instituto Nacional de la Vivienda para hacer frente a la grave escasez de casas y a la destrucción del parque residencial provocada por el conflicto. Entre las fórmulas utilizadas figuraba las cooperativas, que han permitido la construcción de más de 2,5 millones de viviendas desde 1957, alrededor del 10% del parque residencial español, según la Confederación de Cooperativas de Viviendas y Rehabilitación de España (Concovi).

Este verano, un restaurante gallego denunciaba que unos clientes intentaron no pagar la cuenta apoyándose en un vídeo en el que aparecían insectos sobre el mantel. El local sospechó que las imágenes estaban manipuladas con inteligencia artificial, amenazó con llamar a la policía y los comensales acabaron pagando. El caso se hizo viral cuando Jesús Soriano, creador de la cuenta Soy Camarero, difundió lo sucedido en redes sociales tras recibirlo directamente del establecimiento. “Me llegó por Instagram, por mensaje privado, y estuve hablando con los dueños porque era la primera vez que veía algo así”, explica. No cree que vaya a ser la última: “Cuanto más avance esta tecnología, seguro que comienzan a llover los casos”. La picaresca española lleva perfeccionándose desde el siglo XVI, y del Lazarillo de Tormes al simpa con IA han cambiado las herramientas, pero no tanto el impulso.
Decía el filósofo y crítico cultural británico Mark Fisher que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. A la moda, desde luego, ni se le ocurriría concebir lo segundo. Cosas de su propia naturaleza. Y, sin embargo, ahí tenemos a la hija predilecta del capital (según sentenció otro pensador insigne, el sociólogo y economista marxista alemán Werner Sombart), intentando matar al amantísimo padre en cuanto se le pone a tiro. Por ejemplo, y sin ir más lejos, a finales de la década de 1990, cuando los jóvenes vieron colapsar las dos grandes promesas de seguridad del siglo XX: el estado de bienestar y la estabilidad financiera. En un contexto de precarización laboral-existencial y especulación urbano-inmobiliaria parecido al actual, ciertos creadores respondieron entonces a la situación con un alarde no tan insospechado de lógica social y conciencia de clase: ante la imposibilidad de poseer un espacio en la ciudad, el cuerpo se convierte en la única propiedad a habitar. No, la moda no es esa tontuna frívola que les pasa a unos pocos privilegiados. Al menos no cuando olvida su condición de terrateniente y decide subvertir el negocio.