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“Estamos a punto de perder una información única que no podremos recuperar de ningún otro sitio”, lamenta María Leunda, paleoecóloga guipuzcoana. Se refiere a lo que está sucediendo en uno de los entornos más desconocidos y únicos del mundo: las cuevas heladas de alta montaña, donde aún queda hielo fósil de hace miles de años. Algunas de las mejor estudiadas están en la cordillera de los Pirineos, una de las más castigadas por el deshielo y la subida de las temperaturas.




Los dos violadores eran siempre los mismos y la violencia y el modus operandi empleados, idénticos. Juntos cometieron dos olas de violaciones durante los años noventa en Cataluña, pero solo uno de ellos fue detenido y condenado, y nunca delató a su cómplice. Hace un año, tres víctimas de aquellas agresiones —hubo al menos 16, cuatro de ellas menores de edad— pidieron a la Fiscalía de esa comunidad que ampliara los análisis de ADN para tratar de identificar al cómplice. La fiscalía abrió unas diligencias preprocesales de investigación. Los análisis se ampliaron y se obtuvo el perfil genético del segundo autor, pero dado que los delitos han prescrito, el fiscal superior, Francisco Bañeres, archivó las diligencias el 27 de julio pasado. Y aunque en el decreto de archivo reconocía expresamente “el legítimo interés” de las tres mujeres en saber la verdad, en la práctica no se ha atendido.
Los bomberos de Ávila miran por el cristal. Detrás del vidrio hay una cocina, un frigorífico, sillas y mesas. Todo nuevecito, envuelto en plástico, en un módulo prefabricado junto a unas duchas y vestuarios. Todo está listo dentro de la nueva estación, pero no pueden usar nada de eso. Así ha sido desde hace un año, porque la Junta de Castilla y León (PP y Vox) pagó la infraestructura, pero no los contratos de la luz ni del agua. “¡Es increíble!”, exclaman los brigadistas que coinciden en que es “un garaje de 420.000 euros”. Tampoco hay un hidrante donde cargar los vehículos y tiran de los de El Tiemblo, donde se encuentran perdiendo el tiempo. Estos ejemplos ilustran las quejas del gremio, que se siente desatendido y mal dirigido después de vivir el peor verano de su historia.


Tal vez celebre con su plato favorito: una tosta de alubias cocidas. O quizás se conceda alguna galleta de chocolate con naranja, el otro manjar que adora. Lo cierto es que este sábado Lara Croft se merece al menos una pequeña pausa entre tantas aventuras. Está acostumbrada a sumar hitos, pero hoy festeja uno especial: 30 años desde el lanzamiento del primer Tomb Raider. Tan apasionada de historia, la arqueóloga lleva tres décadas escribiendo la del videojuego, junto con la suya. Y, probablemente, de la cultura popular, a juzgar por los 100 millones de copias vendidas, las 2.300 portadas de revistas, las exposiciones, películas o canciones que ha protagonizado. “Te asombraría lo persuasiva que puedo ser, incluso con hombres peligrosos”, afirmaba en uno de sus juegos. Sobran los hechos para darle la razón. Ni siquiera hace falta que saque sus célebres dos pistolas.
Joan Coromines (1905-1997), fill de l’escriptor Pere Coromines (i quan dic escriptor no vol dir que només fos escriptor, com es veu al magnífic retrat que li fa Francesc Pujols a Concepte general de la ciència catalana), sempre va estimar i idolatrar la figura del seu pare fins a uns extrems desmesurats, com es veu en una de les dedicatòries de la seva grandiosa catedral, per dir-ne així, perquè Joan Coromines és com un Gaudí que hagués acabat la sagrada família, però el temple d’en Coromines és un diccionari de 10 volums, cada un dels quals (excepte l’últim, d’índexs i un suplement, que ja va sortir pòstum) porta una dedicatòria a algun mestre de la llengua, i totes són emocionants i solemnes; el volum novè, l’últim que va publicar en vida, i amb el qual, arribant al final de la zeta, va concloure el diccionari, va dedicat al seu pare amb aquesta forma:
Difícil, o muy difícil. Así lo han querido los comisarios Parreño, Labrador, Fontán y Capa, y eso hace honroso el esfuerzo, un esfuerzo enorme. Primero por no haber sucumbido —del todo— a la vigente interpretación histórico-sociológica de todas las cosas, también las del arte, a la manera de un reportaje de Informe Semanal. Además, 60 años es mucho tiempo; porque ¿se puede llamar, propiamente, transición (estética o lo que sea) a lo ocurrido durante ¡60 años!? Sin embargo, uno de los aciertos consiste en haberse alejado lo más posible, hacia adelante y hacia atrás, de la Transición política española, cuya narración ya se encuentra tan solidificada como la de un mito. Todo —todo lo que llamamos moderno— comenzó mucho antes, como mínimo en la época de Luis González Robles y la exitosa exportación internacional de la abstracción, y nunca terminará, como el tiempo que fluye. Por no decir que el poder cultural hacía mucho que estaba en manos del antifranquismo.
Lo queremos todo bien grande. Bien emocionante. Bien de patrocinios y sudaderas a 80 euros. Todo cargado de mensajes para la posteridad, porque ya no se habita el momento, el momento es algo que se guarda para no se sabe muy bien cuándo ni para qué, pero se guarda. Y como cada vez tenemos menos capacidad de retener nada, lo que hoy guardamos, mañana lo perdemos. Esto, en el mundo de la música, que ha cambiado mucho pero aún mantiene la capacidad para encapsular lo mejor y lo peor de cada época, ha redundado en una abrumadora cantidad de discos destinados a la grandeza que se diluyen en las redes al cabo de dos semanas; de entregas de premios más competitivas que unos Juegos Olímpicos como síntoma algo melancólico de una sociedad convencida de que hay belleza en los números y sospecha en los adjetivos; de conciertos históricos, los mejores que ha vivido jamás la humanidad, que se olvidan hasta que llega el siguiente, que siempre es un poco más grande y pelín más histórico. En este contexto, la banda irlandesa Fontaines DC es a la vez parte del problema y parte de los que ven que hay un problema. Este Dopamine Chamber, su quinto disco, confirma su tránsito hacia la grandilocuencia, la ambición desmedida, los estadios, Rosalía y el yo estuve ahí y lo voy a estar pagando en cuotas hasta 2030. Y a la vez, es solitario y distópico, oscuro y tristón. Es como ir solo a un concierto en un estadio y perder el último metro de vuelta a casa.

No sé si a Isabel Díaz Ayuso le ha gustado siempre el flamenco como parece gustarle hoy. Para la Falange, desde luego, el arte jondo no fue nunca un gusto genuino.
La escritora, traductora y profesora francesa Clémentine Beauvais (París, 37 años) reconoce que la primera vez que escuchó hablar sobre la posibilidad de ampliar el derecho al voto a los niños desde su nacimiento se echó a reír. Así que comprende que esa sea la misma reacción de quienes se encuentren en librerías y bibliotecas con el pequeño ensayo que acaba de publicar en España sobre ese asunto. “Es una reacción que me interesa: ¿por qué la risa? Nos reímos de lo que es ridículo, imposible, impensable, de lo que sorprende. Pero, ¿por qué sorprende? ¿Y es realmente imposible e impensable? Cuestionarse la propia risa plantea preguntas importantes”, sostiene. Por el derecho al voto desde el nacimiento (Wonder Ponder, traducción de Silvia Moreno Parrado, 2026) llega a España en una preciosa y llamativa edición tras el éxito obtenido en Francia, donde el debate generado alrededor del ensayo incluso ha llevado a Beauvais a exponer su tesis en la Asamblea Nacional del país.