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La cita se celebra cada año, pero el escenario y los protagonistas van cambiando. Esta vez es jueves, 30 de julio, y la temperatura invita a sacar un abanico, aunque no puede hacer mucho más que marear el aire del baño turco en el que se ha convertido Mallorca este verano. El bar del hotel Hilton Mallorca Galatzó, en una zona privilegiada de Calvià, está cerrado al público, que cada poco curiosea a través de los cristales por el trajín de cámaras fotográficas y de vídeo que se mueven de un lado a otro del vestíbulo. Dentro del bar, pertrechada por varios asesores de su equipo, se encuentra Priscilla Presley (Nueva York, 81 años), esposa del rey del rock primero y exesposa después, a pesar de que nunca se separaron del todo. Una mujer delgada, de voz delicada y de tez muy blanca que contrasta con su pelo rojo, color del vestido que llevará en la fiesta posterior. Se levanta inmediatamente para saludar. “Estuve en Mallorca en los años sesenta, pero no la recuerdo así porque era muy joven”, dice casi en un susurro.
Helena Campbell no se quería casar. Al menos no hasta que pudiera contemplar un rayo verde. La protagonista de la que es considerada la novela más romántica de Julio Verne emprendió un viaje por las costas escocesas en búsqueda del fenómeno óptico, y cuando estuvo frente a él, no miró al horizonte. Miró al amor de su vida. Publicada en 1882, El rayo verde convirtió a estos destellos de luz —que se observan cuando el Sol se pone sobre el mar— en una auténtica leyenda. Solo los más observadores y atentos podrían contemplar un rayo verde y, con suerte, “nunca más equivocarse en los asuntos del corazón”, según reza una de las citas más famosas del relato. Más allá de un recurso fantasioso o de un mito, el rayo verde es un fenómeno óptico atmosférico que dura solo unos segundos y que ocurre justo al final de la puesta de sol. Y, según astrónomos de las islas Baleares, podrá admirarse como “el postre” del eclipse solar del 12 de agosto sobre la costa de Mallorca. Eso sí, hay que tener paciencia, ser muy observador y no perder de vista el Sol hasta que desaparezca.
Es probable que la verdadera sustancia adictiva del presente sea el Yo. Por eso son tan populares las drogas que lo exacerban, como la cocaína o las redes sociales. Y también por eso, pero en sentido opuesto, asistimos desde hace dos décadas al fenómeno bautizado como Renacimiento psicodélico o psiquedélico (después volveremos a esa vacilación): poco a poco, desde que Roland Griffiths publicó en 2006 el primer trabajo clínico riguroso sobre la psilocibina desde los setenta, la medicina y la academia occidentales están levantando el veto a sustancias antes repudiadas como el LSD o el MDMA, objeto de nuevas investigaciones mientras conquistan posiciones en el catálogo de experiencias espirituales legitimadas y como tratamientos legales contra la depresión, el estrés o la adicción.
ENSAYO
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El viajero mental. Una historia de la psicodelia
Juan Arnau
Galaxia Gutemberg, 2025
216 páginas. 19,50 euros
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Medicina psiquedélica
José Carlos Bouso
Kairós, 2026.
510 páginas. 25 euros
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Químicas piedades
Marta Echaves
Cielo Santo, 2026
280 páginas. 23 euros
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Sueños de ácido. Historia social del LSD: la CIA, los 60 y más allá
Martin A. Lee y Bruce Shlain
Traducción de Luis González Castro
Página Indómita, 2023
522 páginas. 34,90 euros
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Medicina psicodélica. Conversaciones
con los líderes del renacimiento psicodélico
Richard Louis Miller
Traducción de Carlos Ramos Malavé
Yonki Books, 2026
352 páginas. 22 euros
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Medicina psicodélica al final de la vida
Richard Louis Miller
Traducción de David George
Obelisco, 2025
280 páginas. 19 euros
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LITERATURA
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Cuando 900 mil mach aprox
Mariano Antolín Rato
Papeles de Son Armadams, 1973
196 páginas. Descatalogado
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La trilogía nova
William S. Burroughs
Traducción de Rodrigo Olavarría
Anagrama, 2026
586 páginas. 29,90 euros
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Stone Junction. Una epopeya alquímica
Jim Dodge
Nueva traducción de Victoria Malet
Alpha Decay, 2026
592 páginas. 27,50 euros
A la artista Mariela Sancari (Buenos Aires, 50 años) le gustan las películas en las que algún personaje sale sudando en una situación extraordinaria, no solo en esos momentos en los que está culturalmente aceptado, como sudar trabajando, haciendo deporte o teniendo relaciones sexuales. “Adoro las escenas en las que el sudor causa vergüenza o mete a alguien en problemas, porque así podemos pensarlo y discutirlo”, cuenta la autora de Sudor (Comisura, 2026), un estimulante análisis que combina el relato autobiográfico, el ensayo, la poesía y la experimentación fotográfica con su propio sudor a propósito de ese líquido que termorregula nuestro cuerpo y que ha definido su existencia.
El 19 de enero de 2023, Emmanuel Macron y Pedro Sánchez firmaron en Barcelona un Tratado de Amistad y Cooperación entre Francia y España. El acuerdo, análogo al que une a Francia con Alemania, Italia y Polonia, y a España con Portugal y Marruecos, versa sobre los asuntos más variados, desde la seguridad hasta la cultura y la educación, y basta echarle un vistazo para comprender que es obviamente beneficioso para los ciudadanos de ambos países. En 2025 la Asamblea francesa lo tramitó casi de oficio. Es lo que hubiera debido ocurrir en España; pero, aunque el Congreso aprobó el texto el pasado 16 de junio —con la oposición del PP y VOX—, el 6 de julio lo bloqueó el Senado, bajo el control del PP. ¿Motivo? El PP alega que puede ser inconstitucional uno de los puntos del acuerdo, según el cual un miembro del Gobierno francés será invitado a participar de forma periódica en el Consejo de Ministros español, y a la inversa, lo cual podría chocar con el artículo 98 de la Constitución, que establece que el Gobierno solo se compone “del presidente, de los vicepresidentes, de los ministros y de los demás miembros que establezca la ley” (y, según la ley 50/1997 del Gobierno, al Consejo de Ministros solo pueden asistir el propio Gobierno y algún alto cargo). Ahora bien: eso no es un motivo; es una excusa. Aparte de que en los acuerdos de Francia con Alemania e Italia figuran cláusulas idénticas, lo cierto es que, a fin de sortear el posible obstáculo constitucional, los gobiernos de Francia y España firmaron un documento donde se especifica que los ministros del otro país no se sumarían a la reunión formal del Consejo, sino que lo harían “en los márgenes” del mismo. ¿Cuál es entonces el motivo real del bloqueo?
Le ocurrió a la pobre Irene Montero, pero podría habernos pasado a muchos. La semana pasada, la eurodiputada de Podemos lanzó un vídeo apoyando a las más de 25.000 personas que se manifestaron contra la masificación turística en Palma. Denunciaba el problema de la turistificación en Baleares: a las islas llegan 20 millones de turistas cada año, lo cual hace imposible que sus habitantes puedan alquilar un piso, tomarse un café o disfrutar de sus playas con normalidad.

Durante dos meses con algunos días, de finales de febrero a comienzos de mayo, di dos cursos de literatura latinoamericana en la Universidad de Sciences Po, en París. Terminadas las clases, la universidad me pidió que hiciera una breve reflexión pública sobre esa actividad que me sigue pareciendo todo menos normal: la de asistir, a través de las palabras de los otros, al misterio de vidas inventadas.
Esta semana, la escritora Raquel Presumido me dijo que jamás se había imaginado que el fin del mundo iba a ser un día de playa. Sentí un escalofrío febril y pensé en Midsommar, esa película de terror en la que todo lo atroz ocurre en una verbena a plena luz del día mientras los protagonistas lucen festivas coronas de flores. La megafonía de San Lorenzo, ese arenal con casetas de rayas donde cualquiera puede volver a ser niño, acababa de anunciar a los bañistas que la temperatura del agua del Cantábrico era de 22 grados. Tuve la suerte o la mala pata de comprobarlo en mi propia piel el mismo día que la prensa se hacía eco de que en la ría de Vigo también se había batido el récord de 24 celsius a más de seis metros de profundidad. Unas temperaturas absolutamente deliciosas pero rematadamente inquietantes. Del covid no salimos mejores pero sí perpeturamete obsesionados con los termómetros. Por la noche cené, sobre mantel de tela, un rollo de bonito con tomate y patatas fritas en un salón forrado con paneles de madera oscura donde jamás se había activado el aire acondicionado. Sudaban pote asturiano los listones de las paredes del Casa Tino, donde una antigua cabina telefónica alberga cajas rojas y amarillas de refrescos, de los tiempos en los que aún las botellas de vidrio se rellenaban antes de convertirse en piedras de colores. Los dueños siguen siendo los de siempre pero los camareros tienen acento latino. Los indianos no darían crédito si pudiesen ver que la tierra del Orbayo ahora es tropical. Y que sus casas se han convertido en museos que les honran como intrépidos empresarios. Hay algo de realismo mágico en el mundo del cambio climático. Mi amiga Raquel Presumido escribe, de hecho, realismo mágico asturleonés. En su anterior libro de cuentos, Ratones en la despensa, se imagina la civilización que vive en el fondo del pantano de su pueblo. Un día cuando se va a bañar en el embalse algo roza la planta de sus pies desde las profundidades: podría ser una hierba o un pez, pero su mente de cría aterrorizada escoge pensar que se trata de la uña afilada de una bruja. En el último una de sus protagonistas vive obsesionada por una niebla fría que sólo se deslizan por las montañas de su tierra, el lutano. En San Lorenzo escuché a un niño de cinco años patalear desquiciado cuando su madre intentaba meterles en el agua. “¡Medusas!”, aullaba el pobre entre hipidos. No había una sola a la vista, pero le entendí perfectamente. El miedo es libre en tiempos de ecoansiedad.

Cayetana Fitz-James Stuart tenía tantos títulos nobiliarios y era tan regia que siempre se dijo que no estaba obligada a rendir pleitesía a ningún rey o reina. Oriana Fallaci tuvo la culpa de esta falacia. En 1963, la periodista italiana incluyó una entrevista a la aristócrata en su libro Los antipáticos y en ella afirmaba: “Su sangre es más azul que todas las sangres azules de la Tierra. Si ante la puerta de un ascensor se encontraran Isabel de Inglaterra y la duquesa de Alba, aquella debería cederle el paso”. Cayetana, talibana de la monarquía y practicante de la línea dura del protocolo y el ceremonial, odiaba esa hipérbole fallaciana. “Eso es literatura, una sandez”, respondía siempre que le preguntaban por esta cuestión. “Una estúpida”, afirmó cuando le pidieron su opinión sobre la autora del bulo.
33 horas. Menos de un día y medio. Eso tardó el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso en reaccionar a la crisis del ático de lujo desde que EL PAÍS publicó la noticia de la insólita compra hasta que el consejero portavoz, Miguel Ángel García Martín, anunció su venta. Sin embargo, tres días después siguen sin conocerse los detalles más básicos de este caso, que deberían estar en una carpeta, el expediente de compra con datos que sigue ocultando la Comunidad de Madrid como el precio pagado, el uso previsto y la memoria que justifique la extraña decisión de implantar una oficina en el ático de un edificio residencial.