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Hasta hace nada Bruno Córdoba solo se había dedicado a estudiar. Dejó el instituto y cursó en la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona el doble grado de Administración y Dirección de Empresas (ADE) y Derecho. Al poco tiempo ya sabía que tomaría el desvío de las leyes en busca de un sillón de juez. Dice que le gusta esa función de “escuchar a las partes y resolver conflictos”. Hoy, a sus 29 años, ahí está sentado, en la sala de lo penal del Tribunal de Instancia de Tarragona. Y reconoce que la severidad de todo lo que estudió antes de opositar no tiene nada que ver con lo que hizo en ese camino final, porque en esos tres años que tardó en sacarse los exámenes para acceder a la Escuela Judicial su vida se puso en pausa. El precio de la toga que ahora viste fueron entre ocho y diez horas de estudio durante seis días de la semana para empollar e interiorizar los 325 temas que entraban en las pruebas. “El proceso es muy duro —dice tras la mesa del despacho del juzgado que ocupa en Tarragona—: solo te preocupa tu familia, el temario y la cuestión económica”.
La Generalitat está reorganizando su patrimonio inmobiliario para volver a ser propietaria de sus edificios, ahorrarse los alquileres que paga actualmente y encontrar vías para conseguir ser eficiente en los gastos asociados a sus oficinas. Para hacerlo, se apoya en una instrucción de 2021, aprobada por el Ejecutivo de Pere Aragonès, que obliga a que cada vez que un edificio público se renueve o que un servicio se traslade de oficinas, el espacio de trabajo tiene que reformarse para optimizarlo. Entre otras cosas, señala que, por norma general, solo pueda haber mesas de trabajo para el 70% de la plantilla, y que los empleados del sector público no tengan sitios fijos y tengan que hacer rotaciones, usando el teletrabajo como alternativa. La instrucción ya se ha aplicado en algunos edificios de la Generalitat, pero la previsión es que pueda afectar a 11.745 trabajadores en los próximos años solo en Barcelona, que son los que se tienen que reubicar de aquí a 2037 por el fin de los contratos de alquiler de los inmuebles.
El grupo armado libanés Hezbolá se prepara para volver a la guerra con Israel, cuyo ejército sigue ocupando más de 600 kilómetros cuadrados en el sur de Líbano (6% del territorio nacional) pese a una tregua mediada por Estados Unidos en junio. La reciente incautación por parte del Gobierno libanés de armas que el partido-milicia ha reconocido que pretendía utilizar contra las tropas israelíes, y la recepción de fondos desde Irán sobre la que informa Reuters, apuntan a la reorganización del grupo durante el cese nominal. Un alto el fuego en el que no han cesado los ataques israelíes aunque si los ha contenido alrededor de la zona ocupada.
La paradoja está servida, una más en los ocho meses de guerra contra Irán. El estrecho de Ormuz —cerrado y abierto a la vez, según a quién se pregunte, al más puro estilo Schrödinger— es más poroso que nunca antes, pero también más peligroso: el volumen de crudo, gas natural y derivados de toda condición que sale del golfo Pérsico ha crecido exponencialmente, pero también lo están haciendo los ataques a petroleros y metaneros.
El mundo arde y el continente africano recibe el latigazo con especial virulencia, debido a su encaje asimétrico en el tablero global y a la menor capacidad de los Estados para encajar los golpes. Aún así, al levantar la vista de los asuntos inmediatos, los datos reflejan una ligera mejoría en algunos indicadores en la última década: mayor crecimiento económico, más y mejores infraestructuras y conectividad y progresos en salud y educación. Pero en el mismo periodo de tiempo, se ha registrado sin embargo, un deterioro en la seguridad, se han debilitado los estados de derecho y la participación pública ha disminuido. Esa es la radiografía de los 54 países del continente africano que recoge el Ibrahim Index of African Governance 2026, presentado este fin de semana por la Fundación Mo Ibrahim en El Cairo, en un encuentro que ha reunido a decenas de expertos del continente.
El debate sobre las pensiones centra buena parte de la discusión económica en Alemania. El canciller, Friedrich Merz, espera que el Gobierno apruebe antes de final de año la reforma del sistema de pensiones. Una reforma que cada vez cuenta con más rechazo tanto dentro del propio Gobierno de coalición —formado entre conservadores y socialdemócratas— como entre la población. Inquietan en especial los planes para eliminar la posibilidad de jubilarse sin penalización alguna dos años antes de la edad de jubilación reglamentaria si se han cotizado 45 años.

Fue el escritor Juan Goytisolo el que lo calificó de contubernio. El que estableció una analogía entre aquellos primeros encuentros de poetas, escritores y editores de la España de finales de los años cincuenta del siglo XX en el legendario hotel mallorquín del cabo de Formentor y el llamado contubernio de Múnich, congreso de la oposición antifranquista que se celebró en la ciudad alemana a principios de los 60. En los jardines, en el bar y en la icónica escalera de este hotel aislado entre acantilados y rodeado de pinos, mecido por los vientos del punto más septentrional de la isla, se empezó a fraguar en el año 1959 una conjura por la literatura de calidad, un espacio para pensar el hecho literario, para debatir, para premiar fuera de la corriente. Las Conversaciones Literarias y el Premio Formentor regresaron ayer aquí, al lugar que los vio nacer, con la entrega del galardón de esta edición al novelista portugués Gonçalo M. Tavares, “por desvelar las inesperadas implicaciones de una humanidad asustada de sí misma”, tal y como refleja el acta del jurado, “por contar la paradójica epopeya del extravío contemporáneo”.


En Latinoamérica, he oído hablar mucho del “consentido”, el artista tan amado al que se le toleran hasta sus más insignes errores. Ese mecanismo, claro, también funciona por aquí. El ejemplo más palmario en el pop español podría ser Antonio Vega (1957-2009).
Acaso lo más descriptivo de la polémica de Mbappé con China y, por extensión, del Real Madrid con China y de la Liga con China y esperemos que no Francia, pues ahí ya tendrían los dos bandos la bomba nuclear, es que el futbolista se estaba riendo de sí mismo.
La experiencia del fútbol gana cuanto más imprevisible. Siempre es más interesante que pierda el favorito; que el pez chico se coma al grande, o que en un encuentro de alto voltaje, como un derbi o un clásico, los rivales, en lugar de tantearse como quien se palpa la chaqueta para comprobar que no ha olvidado en casa la cartera, salgan a comerse al 11 que tienen delante. En esa categoría de lo imprevisible merecen una mención de honor los goles de churro y los futbolistas que fallan en lo fácil y aciertan en lo difícil. Si son de nuestro equipo, podemos maldecirlos a ellos y todos sus parientes en el minuto 20 por tirarla fuera cuando el trasero del portero ya tocaba la hierba y en el 70 dar gracias a la madre que los trajo al mundo por subir al marcador un tanto de factura personalísima. Si pertenecen al club rival temblaremos cada vez que cojan el balón, que es algo, en general, que mejora cualquier espectáculo: el suspense.