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La frustración del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada a la reunión con el resto de líderes de la cumbre de Chipre este viernes era evidente. Tres días antes había comprobado que la propuesta conjunta de España, Irlanda y Eslovenia de suspender el Acuerdo de Asociación con Israel por violar el derecho internacional volvía a encallar en el Consejo de la UE de Asuntos Exteriores. La situación se repetía la noche anterior, el jueves: “Desgraciadamente, hay Gobiernos que están a favor, otros Gobiernos que están en contra. No hay unidad al respecto”. Es decir, no hay mayoría suficiente, venía a decir el mandatario español, sobre uno de los elementos más divisivos en el seno de la UE: las relaciones con Israel y cómo actuar frente a la ocupación del sur del Líbano desde hace semanas, la norma que permite condenar a muerte por defecto a los palestinos sentenciados por terrorismo o las decenas de miles de muertos en Gaza en los últimos tres años.
La victoria de Giorgia Meloni en las elecciones de 2022 se debió sobre todo a la división de la izquierda, que al contrario que la derecha no fue capaz de formar una coalición en un sistema electoral que las premiaba. Fue la puntilla a la crisis del Partido Democrático (PD), que en busca de un nuevo liderazgo convocó unas primarias en febrero de 2023. Por sorpresa, las ganó Elly Schlein (Lugano, Suiza, 40 años), que no era la candidata del aparato del partido y fue una apuesta más de izquierda, joven, del activismo a pie de calle, de una base que quería un cambio.

“¿Por qué cree el primer ministro que las acciones de todos los demás deben tener consecuencias, pero las suyas no?” El 20 de abril de 2022, el entonces líder de la oposición laborista, Keir Starmer, acorralaba con esas palabras en el Parlamento británico a un Boris Johnson en declive, incapaz de superar el escándalo nacional que supuso el partygate, las fiestas prohibidas en Downing Street en medio del confinamiento.
El Museo del Louvre le encargó tres obras, Wim Wenders dedicó varios años a grabarle un documental y, cuando tuvo que ponerse a escribir un reportaje sobre él, Karl Ove Knausgård no pudo reprimirse: ya desde el titular, su pieza para The New York Times afirma que Anselm Kiefer es “el más grande de los artistas vivos”.

Este domingo, 26 de abril, se celebra el Día Internacional de la Propiedad Intelectual. Estos derechos, que han tenido y tienen que navegar a contracorriente, han sido, son y serán una conquista histórica, que no deberá caer en la inercia del algoritmo, sino en el crecimiento continuo de las obras nacidas del ingenio humano. Los derechos intelectuales, tomando como referencia el verso de Miguel Hernández, son como “el rayo que ni cesa ni se agota”. Son derechos vivos, en constante evolución y que forman parte del yo colectivo, es decir, del nosotros, que conforman un patrimonio material e inmaterial de los derechos de la creación y que redundan en el progreso cultural y social, sin importar la autopista de producción, distribución, formato, medio o dispositivo.

Mientras se estrecha el estrecho de Ormuz, el precio de la gasolina de 95 octanos supera al caviar beluga, las bolsas hacen sus montañas rusas, la burbuja inmobiliaria sube más que la Artemis 2 y la sombra de la inflación amenaza con helar la primavera, algunos de los mejores estrenos de series coinciden en el tema de la tiesura. Vienen las novedades cargadas de personajes carpantescos, sin suelo donde caerse muertos ni techo bajo el que morirse del asco. Pobres que se resignan a su pobreza o ricos convertidos en pobres que necesitan aparentar que siguen siendo ricos. O tipos que van tirando, al día, caminando de puntillas sobre el filo del abismo sin caer nunca en él, pero sin dar tampoco el salto tierra adentro que los salve de la caída.
Mientras que TVE ha dejado pasar cuatro meses para programar una serie en prime time, desde enero y hasta mediados de abril la corporación pública siempre ha tenido en emisión al menos un talent show de famosos compitiendo. Y La 1 ya anuncia otro de estos concursos: la segunda edición de Maestros de la costura Celebrity será el tercer programa de este tipo que la pública estrene en 2026. Además, está en el horno MasterChef Legends, segunda oportunidad para famosos que no ganaron. Este tipo de entretenimiento ha sido hasta ahora punto estratégico para la dirección con el objetivo de competir como iguales ante las privadas, pero ¿ha funcionado en audiencia? ¿Ha merecido la pena centrarse tanto en ver a famosos como Belén Esteban haciendo cosas?

Probablemente, Sean Hepburn Ferrer (Lucerna, Suiza, 65 años) tenga razón en esas palabras que repite a todo el que quiera escucharle. Tanto que ahora las ha dejado por escrito, negro sobre blanco, en un libro: “[Mi madre] Nunca me hizo sentir como el hijo de una estrella de cine”. Su madre era nada menos que Audrey Hepburn, estrella de la era dorada de Hollywood, icono de estilo, adorada princesa del cine y reina de la cultura popular. Pero el hijo mayor de la actriz está muy lejos del oropel de la industria. Y eso que, durante la larga videollamada desde la buhardilla de su casa de Florencia, Ferrer recuerda y paladea un poquito de su vida más cercana al mundo del cine, de las calles a sus restaurantes favoritos de Los Ángeles. “Ese tailandés cruzando Cahuenga...”, rememora. El hijo de la ganadora del Oscar y del actor y director Mel Ferrer vivió 25 años en la ciudad californiana, entre la gestión del legado materno y su profesión como guionista y supervisor de guiones de cine. Ahora reside en Italia, sin trazas de regresar a un país que, en este momento, desprecia políticamente. Afirma que a su querida madre tampoco le gustaría, ni de lejos. “Diría: ‘Basta, he visto bastante’. Es inaceptable”.
Más de 100 días después del ataque de Estados Unidos a Venezuela, que propició la captura de Nicolás Maduro y su sustitución por Delcy Rodríguez, el país ofrece una imagen que durante años pareció inalcanzable: cierta apertura económica, señales de reactivación, instituciones que empiezan a moverse, menos miedo inmediato. Todo eso debe reconocerse, pero conlleva una advertencia: el trayecto hacia la normalidad no puede confundirse con el destino de una democracia. Sin un calendario rápido para unas elecciones libres, el peligro es que el régimen se eternice bajo otros nombres y ropajes.