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Los diversos gobiernos de coalición de Pedro Sánchez han tenido un digno recorrido legislativo en materia social. La ampliación del permiso de paternidad, la subida significativa del salario mínimo, la contención relativa de los precios de la energía o la financiación pública de la mitad del abono de transporte. Todos hechos palpables. Pero Sánchez es conocedor de su época como pocos otros. Sabe que ni los hechos ni la realidad movilizan a una parte del electorado. Lo hacen las palabras gruesas, el espectáculo y el relato. Dijo una vez Tom Waits que la realidad era para aquellos que no podían soportar las drogas. Sánchez sabe que la realidad es para aquellos que no pueden soportar el relato. Yo me encuentro entre los pobres infelices que necesitan la realidad porque lidia mal con la implacable fantasía del relato.
El otro día fui al gimnasio a las siete de la mañana. Y dirán ustedes: a nosotros qué nos importa, y tendrán más razón que un santo. Pero a mí me enseñaron en la facultad que los hechos insólitos son noticia, y, como con la que está cayendo no me la compraban para primera página, la reporto en la última. La cosa es que llevaba dos años pagando la cuota sin ir y, sometida al enésimo ultimátum de mi cargo de conciencia, hice de tripas maldición y me tiré a la palestra. Chica, qué ambientazo: había casi más gente que en el atasco que me suelo comer a esas horas. Como que pasé del móvil los 50 minutos del suplicio, entretenidísima con el paisaje y el paisanaje. El soponcio vino luego, cuando, al abrir X y WhatsApp por si se hubiera acabado el mundo en el entretanto, veo tuits y mensajes míos del día anterior reescritos con un lenguaje, no sé, como vulgar, soez, cheli, extraordinariamente ordinario. Más de lo habitual, listos, que les estoy escuchando. Me entraron sudores fríos, puse un par de tuits de socorro temiéndome que me los hubieran pirateado y me desplumaran las cuentas del banco y me fui pitando al periódico a que me lo revisaran los técnicos. Me miraron raro, en plan ya está la boomer con sus batallitas, me hicieron cambiar las claves, me pusieron el terminal a actualizarse hora y media y me mandaron a tomarme una tilita, que estoy en una edad muy mala para los sustos. Ni rastro de piratas. Nunca más se supo. Qué misterio.

“Siempre he sido una empollona”, dijo hace unos días la escritora Sara Barquinero a Sergio C. Fanjul en este periódico. La autora acaba de publicar La chica más lista que conozco, un libro sobre una joven que acaba envuelta en un grupo de universitarios crueles y cultos, y explica que siempre le gustaron “esas novelas que dicen cómo empieza el curso, qué asignaturas tienen los protagonistas, qué notas sacan, ese tipo de cosas”. Barquinero es doctora en Filosofía con una tesis sobre lo sublime kantiano y su anterior obra pesó cerca de un kilo. A las autoras siempre se les ha presupuesto la sofisticación intelectual, pero últimamente estamos viendo cómo ―especialmente dentro de la cultura digital― el término empollona se lo han reapropiado mujeres que lo exhiben orgullosas y se dirigen sin complejos a otras como ellas, sin rastro de ese origen despectivo ligado al colegio. Tampoco parece que sientan ya la necesidad de encajar con los tópicos de la alta cultura, tradicionalmente masculina. Son nerds cómo y sobre lo que a ellas les parece.

Martin Amis escribió que siempre andamos escasos de genios cómicos. Con la muerte de Alfredo Bryce Echenique a los 87 años hemos perdido a uno de los mejores de nuestra lengua. Bryce escribió una novela conmovedora e inolvidable, Un mundo para Julius, una evocación divertida y a veces tristísima de la infancia. Pero mi libro preferido de Bryce es La vida exagerada de Martín Romaña, una novela rabelesiana llena de humor autodenigratorio, con un “hombre inútil” que en su monumental despiste sigue a una amante a las barricadas de mayo del 68 y hace el ridículo de casi todas las maneras posibles. La lectura del capítulo “El vía crucis rectal de Martín Romaña” me provocó un ataque de risa que me tiró del sofá de la casa de mis abuelos.
Ay, nuestra querida España, esa España nuestra, de tu santa siesta ahora te despiertan... pues unos turcos, quiénes iban a ser. Está el patio tuitero muy inquietante. Las noticias se suceden delante de nuestras narices sin solución de continuidad. Minuto a minuto. Irán. Israel. Estados Unidos. Irán. Israel. Estados Unidos. Y, de pronto, Turquía. Y Soria. Poca broma. Escribe Pedro Sánchez en X: “Momentos que me envían del mitin de Soria. Una saludo a la comunidad tuitera turca”.

Juan Gascón (Alcañiz, 50 años) defiende que el “No a la guerra” entonado ahora por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, solo es “patrimonio de la mayoría social”. Profesor de secundaria y coordinador de Izquierda Unida en la codamunidad, el candidato a la Presidencia de la Junta por la coalición que reúne a IU, Movimiento Sumar y Verdes Equo critica la “hipocresía” de la extrema derecha con el campo.


Miguel Ángel Llamas (Melilla, 39 años) accedió al cargo de coordinador de Podemos en Castilla y León hace menos de un año. La papeleta que comparte con Alianza Verde tiene la difícil tarea de mantener el único escaño que ha ocupado esta legislatura en las Cortes Pablo Fernández, el número tres del partido, cuando casi todas las encuestas vaticinan su desaparición.

La confesión aparece en el peor lugar: el Boletín Oficial del Estado. Allí, la semana pasada, el Gobierno de España reconoce a ojos de todo el mundo que le debe al de Castilla-La Mancha 3.105,22 metros cuadrados desde hace 40 años. Es el fruto de la construcción de la España de las autonomías. A finales del siglo XX, el Estado traspasó a las distintas regiones personal, servicios, funciones y competencias. Eso debía ir acompañado, también, del uso o la propiedad de los edificios en los que se prestarían los distintos servicios a los ciudadanos. En el caso de Castilla-La Mancha, se acaban de traspasar 54,75 metros cuadrados pendientes desde 1983 correspondientes a la sede de la Delegación Provincial de la Consejería de Hacienda, Administraciones Públicas y Transformación Digital. Pero quedan muchos más pendientes: 2.434,97 desde que en 1984 se traspasaron las carreteras, 651 desde que en 1995 se traspasó la competencia en materia de casinos, apuestas y juegos; y 19,25 desde que en 1996 ocurrió lo mismo con agricultura.

El Ñoro, de 30 años, y su novia K., de 25, caminaban por una calle de Madrid un día de agosto de 2024, cuando se encontraron con un grupo de viejos conocidos y estalló un enfrentamiento. Entre ellos estaba un antiguo ligue de ella, que a la vez era enemigo de él. A este hombre lo llamaban Pollo. La hostilidad entre los hombres no solo estaba motivada por los celos sentimentales, sino también porque ambos pertenecían a dos bandas violentas que se han jurado odio eterno. El Ñoro formaba parte de los Ñetas, Pollo era de los Latin Kings. Entre los dos varones estalló un enfrentamiento que acabó con sangre. Ella no empuñó ningún arma, pero se ha convertido en la primera mujer en ser condenada por participar en una agresión de bandas.