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Agosto de 2026. Benjamín Netanyahu y su mujer, Sara, asisten a un concierto multitudinario de una estrella pop israelí, Eden Ben Zaken, a dos meses de las elecciones que se celebran este martes. Ben Zaken, nacida en Jerusalén igual que el primer ministro, es popular entre la base social tradicional del derechista Likud, el partido de Netanyahu. La cantante detiene el recital y pide que les lleven un micrófono a la zona VIP, donde Netanyahu explota la ocasión para enardecer al público: “¡Sois la prueba de que el pueblo de Israel vive y es fuerte!”.
Una estatua de la Justicia reina, como si fuera una declaración de principios, en la habitación verde de Teherán donde Narges Mohammadi (Zanjan, 54 años) comparece para una videollamada con este diario. Todo un acto de coraje, toda vez que una condena de al menos 18 años de prisión aguarda aún a la activista galardonada en 2023 con el Nobel de la Paz por su lucha por los derechos humanos y de las mujeres en Irán. La libertad de Mohammadi es una pausa; una suspensión de su condena que obtuvo en mayo tras sufrir dos infartos en la cárcel. Esta activista ha sido detenida 14 veces y juzgada en 10 ocasiones; la han condenado en total a 44 años de prisión y 154 latigazos y ha pasado 161 días en aislamiento. Ha pagado otro precio: desde 2015 no abraza a sus mellizos de 19 años, Ali y Kiana, exiliados con su padre en París. Mohammadi acaba de publicar en España unas memorias que escribió en la cárcel. La autobiografía Una mujer nunca deja de luchar: Mi lucha por la libertad, la democracia y los derechos humanos en Irán (Finestres Ensayos / Folch i Folch, en español y catalán, respectivamente) es el retrato de una mujer libre que, por serlo en Irán, lleva décadas entrando y saliendo de prisión.

Las alarmas han dado un respiro y Nastia (que prefiere no dar su apellido) logra llevar a Polina, su hija de nueve años, a su clase de Tenis. Poco antes de las cuatro de la tarde del pasado miércoles madre e hija dejan atrás el complejo de apartamentos donde viven desde julio en el lado izquierdo del río Dniéper, que divide a Kiev. Aprovechan que todavía hace buen tiempo para dar un paseo por este sector que está lejos de haber quedado inmune a los ataques rusos, como lo demuestran los tablones que cubren docenas de ventanas rotas y las fachadas quemadas de algunos edificios, hasta llegar a la cancha de tierra batida donde la esperan otros cinco menores y el instructor.






Valeria Racu (Chisináu, Moldavia, 31 años) es una de las principales voces de la Confederación de Sindicatos de Inquilinas, la organización que defendió y acompañó a Maricarmen Abascal antes y después de ser desahuciada y que ha adquirido el protagonismo en las protestas por la vivienda que recorren el país. La indignación social por la salida forzosa de su hogar motivó unas movilizaciones masivas al grito de “huelga general”. La convocatoria se acabó concretando el 7 de octubre, el mismo día en que falleció Maricarmen, con el respaldo de los principales sindicatos del país. Racu, que atendió a EL PAÍS este jueves en el Ateneo La Maliciosa de Madrid, llama a los trabajadores a parar el 11 de noviembre: “Cuando las inquilinas nos organizamos, el rentismo tiembla”.


Las apps de citas llegaron hace más de una década para poner patas arriba el amor. Pero ese escenario que presuponía la extinción del cortejo analógico parece lejos de cumplirse. Algunas apps, sin embargo, quedarán grabadas en el imaginario colectivo. En este ecosistema, pocas figuras han tenido tanta relevancia como Whitney Wolfe Herd (Salt Lake City, 37 años), cofundadora de Tinder, y fundadora y CEO de Bumble, que acaba de ser vendida tras perder alrededor del 90% de su valor.
El presidente vuelve a ser candidato. Y se le nota. Habla con soltura, esquiva dardos, se planta con una sonrisa. Pedro Sánchez, a quien, tras la condena de su hermano y la crisis de Ceuta, se le veía debilitado, da la impresión de haber renacido con el 29-N, sus sextas elecciones generales. “Estos comicios se pueden resumir en una idea muy sencilla: o avanza el pasado o avanza España”, afirma.




Abril de 2019. Se publica en formato libro, días antes de las generales, una larga conversación de Fernando Sánchez Dragó con Santiago Abascal, España vertebrada, en la que el político explica que le “molestan algunas películas españolas” que “siempre sacan lo peor”. Y añade: “No me gusta el cine que viene a tocarnos las narices para que nos sintamos mal”.

Brasileños de izquierdas y de derechas se han movilizado de manera masiva en las últimas tres semanas en mítines y en redes sociales en busca de esos votos que van a decidir las elecciones presidenciales más reñidas de sus vidas, sean adolescentes o ancianos. Casi 160 millones de electores están convocados este domingo a decidir entre dos modelos radicalmente opuestos.
El lugar de trabajo de Isabel Díaz Ayuso se ha convertido en motivo de especulación, como le ha ocurrido antes con las relaciones personales o la supuesta ambición por entrar algún día por la puerta de La Moncloa. La presidenta de Madrid es seguramente la política española más expuesta a la opinión pública por su ejercicio diario de acaparar la atención. No hay charco al que no se lance, ningún tema que le resulte ajeno. Sus explosivas declaraciones contra sus rivales impactan como golpes secos. Un lector medio informado puede desayunar, almorzar y cenar Ayuso. Sin embargo, adivinar en qué espacio opera a día de hoy no resulta sencillo.
Un 15 de abril de 1970, Indro Montanelli tomó la estupenda decisión de enfadarse con el responsable de Il Gazzettino, Lauro Bergamo. Bergamo le había dedicado un editorial a Montanelli, y Montanelli escribió en sus diarios: “Voy a contestarle en su propio periódico y todos creerán que nos estamos peleando. Pero qué va, nos hemos puesto de acuerdo para discutir, y la pelea será fingida”. El caso es que los dos, movidos por la atención que se les prestaba, empezaron a endurecer su réplica. Hasta que Bergamo descolgó el teléfono iracundo: “Te publico porque ese era nuestro pacto. ¡Pero tú muerdes!”. “Tú también muerdes”, contestó Montanelli. “Sí”, reconoció humilde Bergamo: “Pero tú haces daño”. Escribe Montanelli en sus diarios, Cuentas conmigo mismo (La Esfera, 2011), que, efectivamente, Bergamo daño no hacía.